Elementos reparadores: Jesús, el angel de la guarda, nuestro idioma natal
Tanto Marta como Gustav y Johan habían sido adoptados por padres cristianos practicantes, lo cual es muy frecuente mitre los padres adoptivos noruegos (Botvar, 1994) y que se diferencian en bastantes aspectos del resto de los padres noruegos con quienes tengo contacto: son activos en la parroquia a la que pertenecen, tienen ideas definidas sobro los valores que quieren transmitir a sus lujos, son críticos de programas de televisión que muchos niños ven. le dan suma importancia al rol de la familia.
La madre de Marta, aunque muy afligida por las experiencias de la niña, me dijo: “Yo cree que desús ¡puso que Marta viniera a nosotros”. Con los ojos de la madre todavía fijos en mí. quedé perpleja unos segundos y luego espontánea y sinceramente le conteste a la madre que sí, que tenía razón, que si desús tenía que elegir ios iba a eligir justamente a ella y a su esposo, Esta respuesta se me ha vuelto más segura y cierta, con los años, y a voces lo digo directamente a los padres: “Dios quiso que ustedes fueran los verdaderos padres . Es que ante el horror de las experiencias de esta niñita. era difícil imaginarse una madre que pudiera apoyarla y comprenderla mejor, algo que. como se vio más tarde, estaba estrechamente ligado a que la madre había sido abusada sexualmente por un familiar.
Gustav y Johan luchaban por ganarse un lugar a ple-no en un hogar cálido, casi perfecto. Después de todo habían estado sucios (calificaban a su madre de ‘muy prolija” \sic\). habían robado y se sentían “ladrones”, habían vivido en la calle y el padre, muy formal, no se animaba a repetir en sesión los insultos de Gustav (la madre se atrevió a decirlo: “homosexual de m…”. “pene de porquería”). Las terapeutas rescataron los ataques verbales de Gustav a su padre como una manera de mostrarle cómo otros adultos lo habían tratado a él antes. Después de todo, su padre biológico lo había abandonado, y Gustav quizá tenía miedo de querer a este papá que también podría llegar a abandonarlo, dejándolo muy triste. Los padres entendieron rápidamente y contaron que, en efecto, los niños so preocupaban a veces cuando los padres discutían ya que algunos de sus compañeros de escuela atravesaban por una situación de divorcio.
En una de las sesiones, Gustav contaba que cuando quedaron solos Johan olía mal, y que el excusado/retrete que debían utilizar estaba afuera y era de tierra, y que una vez a la noche se les apareció un ángel. Los niños trataron de burlarse de esta situación, dibujando una caricatura, y diciendo que era un murciélago no un ángel. Pero la madre rescató la importancia de aquella vivencia, recordándolos que había tenido importancia para ellos. La terapeuta habló entonces de que pareciera que un ángel guardián los había cuidado y les había dado fuerzas para seguir adelante, para alegría de los padres que los tenían ahora. La coterapeuta leía en ese momento un libro sobre un ángel (pie so les apareció a prisioneras de los nazis durante la Segunda Guerra (Budaliget. 1943). Fue un momento de mucha fuerza emotiva.
Como Gustav y Johan me respondieron que acostumbraban a decir una oración antes de acostarse, les escribí en castellano yon noruego una que aprendí de pequeña:
Ángel de la guarda dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.
Como cuando le decía palabras cariñosas en castellano a la muñeca que representaba a la “pequeña Marta” en las situaciones de juegos que ella dirigía, como terapeuta, y como latinoamericana con una historia mas afortunada que la de estos niños, quise, quizás omnipotentemente, “darles” (proveerles de) una experiencia positiva en nuestro idioma natal.

