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Los padres

Complacer a los padres
La mamá de Marina era apa rentemente diferente ya que también ella sólo reconocía la culpa en su hija; ella “se portaba bien”, se sometía para no necesitar ser perdonada. Era una especie de mediadora entre su hija castigada y un marido dueño del perdón.
En realidad, eran tres niños jugando a rechazar y adjudicar la culpa. Para Marina era muy difícil discernir lo realmente bueno de lo malo, y lo comúnmente verdadero de lo falso en una relación familiar donde la autoridad paterna era poseedora de una verdad distorsionada y agravada por la complicidad de la madre. Sólo a través de un tratamiento terapéutico pudo discriminar sus aspiraciones auténticas de las exigencias arbitrarias.
De pequeña, como en todos los chicos, “haber procedido bien” era sinónimo de complacer a sus padres. Esto le proporcionaba placer y seguridad. V como la autoestima depende de ello, le era muy difícil valorarse, ya que tanta exigencia de los adultos nunca llegaba a ser satis-lecha por ella.
Esto puede transformarse fácilmente en la sensación de no ser querido. Negarse a complacer un deber siempre trae remordimiento o culpa: ella acompaña normalmente a lo vivido como una mala acción, la satisfacción va de la mano del deber cumplido.
Es interesante ver en nuestro caso cómo tanta hostilidad acumulada frente al autoritarismo del padre hizo que, a pesar del paso de los años, siguieran existiendo sensaciones de haberlo dañado, en tanto su exigencia irreparable seguía produciendo en ella, por un lado venganza y por otro culpa por el abandono.

El rol terapéutico de contención a los padres

El rol terapéutico de contención a los padres
La pediatra norteamericana Vera Fahlborg (1991) enfatiza la importancia de enfocar en la relación vincular de padres e hijos adoptivos para promover un mejor desarrollo en estos últimos. Como Stern (1989), piensa Fahlborg que el foco de la intervención terapéutica debe ser el niño y sus nuevos padres. Esto resulta a veces muy difícil de llevar a cabo. Muchas veces los terapeutas pareciera que queremos “apropiarnos” del hijo adoptivo y hasta competir con sus nuevos padres descalificándolos. Los padres adoptivos son muy sensibles a esto, y no debemos utilizarlo para patologizarlos. sino al contrario para prevenir sus sentimientos de inseguridad reafirmando la importancia de su rol. invistiéndolos de poder paterno. Hay un artículo norteamericano que enfoca en el rol iatrogénico de algunos terapeutas y trabajadores sociales que se apresuran a diagnosticar y a tratar como patológica una situación familiar que muchas veces está cargada por la patología importada que estos niños traen a sus familias.
En algunos casos los niños transfieren a sus nuevos padres el rol do perpet radores que sus padres biológicos u otros abusadores tuvieron hacia ellos en el país de origen. Esto puede causar situaciones difíciles en caso de que el padre sea acusado injustamente de haber abusado sexualmente a su hijo/a adoptivo/a. Hay otros casos, como el de “Gloria”, una niña adoptada a los nueve años luego de haber vivido en un hogar religioso con sistema carcelario de castigos desde los cinco años, que estaba convencida de que el hundiré que la adopto era en realidad el mismo que había matado a su madre y había tratado de violarla a ella en su país natal. Lamentablemente Gloria no logró establecer una relación positiva con su madre adoptiva, quien prácticamente la rechazó para siempre. Paradójicamente fue su padre adoptivo quien la apoyó y siguió manteniendo una relación familiar con ella luego de los dieciocho años: él a su vez, había sido un hijo entregado en adopción y había tenido una vida muy difícil.
Naturalmente también hay padres que tienen un efecto patológico sobre sus hijos. “Nina”, de trece años, fue acogida por una pareja de maestros que la apreciaban cuando su padre estaba decidido a dejarla en un hogar de niños. La niña había sido adoptada al año pero la relación con los padres, ya sobrecargados luego de la adopción de un chico enfermo, nunca había funcionado. La madre adoptiva había abandonado el hogar hacía varios años rechazando a esta hija y a los otros dos hermanos mayores. Ante la exigencia de ios padres adoptivos, con quienes no convivía, de pasar las vacaciones con ellos, me opuse. Ante Nina argumenté que los padres de verdad no se comportan como éstos, y que no debería exponerse a dos semanas durante las (niales la harían sentir tan mala y desagradable que sus problemas sociales y escolares se volverían peores.