Los apropiadores apuestan a una lógica derivada de procesos complejos, que incluye la compasión por esa criatura. La compasión es un sentimiento cercano a la vergüenza y a la violencia; dichos apropiadores intentarían extirpar “el mal” que estos niños aportarían desde sus orígenes por ser hijos de quienes se consideraban enemigos de la patria según las creencias de las fuerzas de seguridad, y por otra parte, esa conmiseración encubre la compasión hacia sí mismos por no haber podido concebir y la envidia hacia los fecundos. Esta autocompasión es la que siente hacia ellos un sector de la comunidad cuando los compadece porque la ley indica la necesidad de restituir a esas criaturas a sus familias de origen y encarcelar a los apropiadores. Se trata de una lógica de la violencia que se enmascara en estas consideraciones hacia los apropiadores.
Por otra parte, es posible conjeturar que si se informa a los niños acerca de su origen, ellos retomen la línea política de sus padres y retornen en carácter de vengadores, como sucedió con Moisés y su liderazgo frente al pueblo judío sometido al poder de los faraones. Estaríamos ante una modalidad paranoica como estilo destinado a procesar el miedo por el robo del hijo, que encontramos en los adoptantes; pero en los apropiadores podemos suponer derivaciones delirantes, como las que en oportunidades padecen los carceleros que temen permanentemente la fuga o la burla de aquellos a quienes custodian.
La autocompasión encierra un circuito de lástima-violencia-muerte y secretos: esto último conduce a la necesaria alianza entre los miembros de la pareja de apropiadores dado que comparten un delito que uno podría utilizar contra el otro en caso de divorcio; una solidaridad engendrada en el delito.
