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Hijos adoptivos

Un diálogo único
Los rostros de los compañeros de Camila dejaron de estar exclusivamente rígidos para ir adquiriendo otras expresiones: la sorpresa, el desconcierto, la incredulidad, la vergüenza, la angustia… ¿Por qué no nos contaste? ¿Cómo hiciste para guardar ese secreto?
“Con mis padres habíamos convenido en que sería yo quien manejaría esta información, salvo que surgiese alguna situación que no pudiera controlar o que ellos consideraran que debían intervenir. Muchas veces me preguntaron si ustedes no lo sabían porque yo tenía vergüenza de contarlo. Muchas veces he dudado sobre cuál era la verdad. Yo les decía a ellos y me lo decía a mí misma que no me hacía falta hablar del asunto con ustedes, que tenía todo claro, pero a veces dudaba. Hoy, cuando comenzó esta discusión, supe y sentí que había llegado la hora de saber si lo que suponía era cierto. Si me callaba y no revelaba la verdad, lo que creía de mi historia no era así. Hoy terminé de saber que tengo las cosas claras, que podría contar todo lo que sé de mi vida anterior a la adopción, que no sería fácil hacerlo, que tal vez sentiría dolor como otras veces lo he sentido, pero que no sería insoportable. Hoy les conté, y supe definitivamente que, para mí, la verdad fue y es lo mejor”.
Una voz quebró el discurso de Camila preguntando: “¿Pablo es tu hermano?”. Camila, como si tuviese 100 años, respondió: “¿Vos me preguntas si también es hijo adoptivo? No. Pablo es hijo biológico de mis padres”.
La maestra estaba atónita, yo también. Tuvo el talento de no intervenir, de dejar que la vida diera su lección.

Hijos adoptivos

Cierto día de un lluvioso junio de hace un par de años, fui testigo de una jornada muy particular. En un séptimo grado de una escuela mixta de la Capital se había armado “una apasionada y rispida discusión” sobre los hijos adoptivos. Cada chico daba su opinión con una soltura y vehemencia tal, que la maestra, con cara de satisfacción, lo único que debía hacer era coordinar el debate. Lo que cada uno de los chicos decía reflejaba un aspecto de las distintas opiniones que existen en la sociedad adulta ante la adopción.
Mariela sostenía que los hijos adoptivos sufrían mucho y que a ella no le gustaría saber si lo era; que prefería una “mentira piadosa”. Guillermo, enojado, decía que a nadie se le debía mentir, que él quería saber y no ignorar. En la discusión terció Gastón, para quien con la verdad o la mentira, el adoptado igualmente sufre, ya que había tenido muy mala suerte en la vida. Para Vanesa, todo dependía del momento en que lo hubiesen adoptado, porque si era un bebé no resultaba tan feo, que peor era de grande. Jerónimo opinaba que se notaba cuando un chico era adoptado porque “siempre tenía problemas”. Sebastián apoyaba las palabras de Vanesa y creía, como Jerónimo, que siempre iban a tener problemas. Verónica pensaba que lo que decían eran tonterías, que todo se podía arreglar. Natalia, por su parte, manifestó que no sabía por qué estaban discutiendo eso si no era nada que les pudiese pasar a ellos.

Hijos de padres adoptivos

“Gustavo y Johan”: un enfoque vincular de apenas diecinueve sesiones
Gustavo y Juan —como se habían llamado antes— fueron adoptados a los tres y seis años de edad. Su madre los había abandonado un año y medio antes y habían sido cuidados por distintas personas que no se preocupaban mucho por ellos, de manera que vagabundeaban la mayor parte del día. Durante varios meses vivieron en la calle con un grujió de niños, robando comida y subiéndose a los trenes “para dar una vuelta”. Gustavo había cuidado todo el tiempo de su hermanito y, a diferencia de éste, todavía guardaba recuerdos de sus “primeros padres”.
Los niños habían sido adoptados por una pareja de profesionales cristianos, con una excelente relación entre ellos, pero algo confundidos acerca de su rol de padres. En los dos años y medio que los niños habían vivido con sus padres adoptivos, éstos habían tratado de poner claros límites, como se les había recomendado. El resultado fue que eran una mezcla de padres con “educadores de niños de la calle”, que iba en detrimento de la relación padres-hijos que añoraban construir. Llegaron a consulta muy preocupados porque el niño menor, Johan, de cinco años y medio, era extremadamente controlador. Los padres se sentían impotentes, y tenían miedo de que Johan desarrollara una personalidad psicopática.

El miedo a ser “devueltos” y Maradona campeón…En la primera entrevista vinieron los padres y Johan. El niño se mostraba retraído, no quería hablar y se mantuvo escuchando nuestra conversación al lado de su madre. Sus padres  aseguraron que querían ayudarlo, y al ver la mirada ansiosa de Johan ante los corredores largos, y la sala de juego con diván, me apresuré a decirle que éste era un instituto donde los niños y sus familias venían a conversar o jugar con nosotras cuando tenían problemas, y que todos volvían a su casa a dormir. “Ningún niño so queda a vivir aquí, esto diván os solo para sentarse”. le dije, asegurándole que éstos eran el papá y la mamá que iba a tener toda la vida. Johan se mostraba inquieto, poro logró calmarse un poco cuando le conté que yo venía de la Argentina y hablaba el mismo idioma que él había hablado antes de venir a Noruega. En seguida me preguntó si yo conocía a Maradona, y el contacto, aunque con cierto recelo, quedó hecho.
Antes de decidir  qué tipo de terapia ofrecerles, se les pidió a los padres que vinieran a una consulta con los dos niños, a pesar de que ellos no tenían problemas con Gustav, buen alumno, muy responsable y obediente. Al ver a Gustav me invadió) una sensación de angustia y pena: era un niño con una mirada muy triste, y parecía abrumado. También estaba muy receloso, y su madre me contó más tarde que ante esta primera visita había dicho resignado seguro que esas señoras van a decir que ya no podemos seguir viviendo con ustedes”, haciendo referencia a varias experiencias de cambio de hogares sustitutos en su país.
Una trabajadora social y yo como psicologa nos lanzamos a lo desconocido, y le ofrecimos a toda la familia una hora de terapia semanal, con la intención fundamental de que llegaran a conocerse mejor. Tomando como punto de partida el momento del primer encuentro, con relatos de los padres y dibujos espontáneos de los niños, fuimos armando parte del rompecabezas que constituye ahora parte de la historia común de toda la familia.
Al comienzo de la terapia Gustav siguió mostrándose reservado y algo incómodo ante las salidas “desvergonzadas e infantiles ” (sic) de Johan: tirar tiros incesantemente con una pistola de juguete, tirarse “cuetes” (cosa que avergonzaba a la madre), burlarse de mi colega y de mí y sobre todo hablar mucho de “caca”, “pis” y, mas tarde de “copulación” y “pene”. Lentamente Gustav se fue incorporando. Primero con un poco de ansiedad ante la pistola y el ruido que hacía, poro su madre le ayudaba a poner la cebita. Gustav también respondía a nuestras preguntas y dibujaba en forma espontánea, a veces cosas que tenían que ver con experiencias antes de la adopción. De todas maneras lo más importante eran las charlas que toda la familia tenia entre sesiones, a las que los padres hacían referencias.
En su casa mientras tanto la situación fue revirtiéndose: Johan se volvió más tranquilo y cariñoso, y no representaba ya un problema para sus padres, que consideraban su comportamiento como “normal para su edad’ . Gustav, por su parte, comenzó a hacerles frente a sus padres, explotando en rabietas y caprichos, cuando aquéllos iban contra su voluntad. Los padres eran conscientes de que esto era un avance para Gustav, y le aseguraban que lo querían. Se le señaló que ahora podían quererlo más porque él estaba mostrando aspectos que antes no conocían y que también eran parte de él. Antes Gustav no los había podido mostrar, por miedo a ser castigado por los mayores que habían sido malos con él. Además Gustav había tenido que cuidar de su hermanito —”que olía a caca”, según Gustav— y había tenido que morderse la rabia y el miedo, sin llorar, porque, como él contó, “Johan lloraba mucho, y dos no pueden llorar al mismo tiempo”. Ahora podía por fin mostrarnos todo lo que llevaba dentro.
A Gustav y a Johan les molestaba a veces la sobre-protección de sus padres, que se expresaba entre otras cosas en no dejarlos ver películas violentas —como las de las Tortugas Ninja—, no irse demasiado lejos de la casa, acostarse temprano. Todo esto estaba en acentuado contraste con la vida que los niños habían llevado en su país, cruzando avenidas enormes de tránsito fatal que aterrorizaron a sus padres a los dos y cuatro años, viviendo situacíones do violencia, vagando por las calles a cualquier hora, yendo a pasear ni cementerio, comiendo y durmiendo donde podían. El mayor de los hermanos contó en casa a sus padres antes de dormir un relato detallado de cómo su madre los había abandonado, y del dolor que los dos hermanos habían sentido entonces. Poco a poco, este niño retraído había comenzado a compartir con sus padres trozos de vida que ellos ignoraban.

“Hay que aprender a bancarse los viejos que le tocaron ”
Paralelamente con el cambio en los niños, los padres fueron dándose cuenta de qué difícil debe de haber sido para Gustav y -Johan de pronto haber tenido unos padres tan mojigatos y cuidadores, después de haber vivido solos o con muy poco cuidado. Sobre todo pensaban que debe de haber sido muy difícil para Gustav que ahora sus padres decidieran todo acerca de su hermanito a quien él antes había cuidado. Pero delante de los niños los padres fueron apoyados en ser como eran, y en mantener su forma de educar a los niños. “Qué van a hacer… quizá son un poco más estrictos y anticuados que otros, poro éstos son los padres que les tocaron para siempre, y van a sor abuelos de sus hijos…” Además se enfatizó que justamente ellos, que habían estado tan solos antes, debían ser ayudados a recuperar trozos perdidos de su niñez a través de mimos y cuidados aunque a veces a los padres se les fuera la mano… Esto nos dio pie para reírnos juntos muchas veces.
En una de las sesiones el padre contó que también su mamá había sido adoptada y había sufrido mucho. Se inició de esta manera un diálogo donde los padres compartieron con los niños aspectos de su propia historia, también como pareja sin posibilidad de concebir. Se fue completando un rompecabezas, y las terapeutas procuramos hilar los datos que fueron apareciendo, y darles un sentido.

Hijos adoptados

hijos adoptados

En una estadística comparativa entre menores en guarda para adopción y aquellos que pasan por las Amas Externas se observa que la cantidad menores que ingresan a dicho Servicio es muy baja, ya que son sólo aquellos que se encuentran en situaciones especiales y están a disposición judicial; se trata de que el paso de los menores por dichas familias sea la más breve posible, cuidando así el aspecto afectivo y vincular tanto del menor como de la familia cuidadora.

Hijos adoptados

Hijos adoptados

Identificaciones múltiples surgidas del múltiple bombardeo de identificaciones. Imposible hoy, definitivamente, seguir pensando en identificaciones lineales como podrían rastrearse en la Viena de principios de este siglo.
En un plano de mayor especificidad, encontramos en los casos de niños adoptados las particularidades de la conflictiva sucintamente descripta. Una nueva sobredeterminación se produce. El propio proceso de individuación, puesto en jaque durante el período adolescente, se puede tornar excesivamente complejizado por la problemática que con relación al espacio y el reconocimiento tienen y padecen en términos generales los hijos adoptados.