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Dar el ejemplo a los niños

Nuestro ejemplo es una buena lección.

A los seis años un chico ya debe tener muy claro que no puede decir secamente “quiero agua”, “dame el pan” o “alcánzame eso”… a menos que nosotros también lo hagamos, en cuyo caso no podremos extrañarnos.
También tiene que saber disculparse cuando ha molestado a alguien, saludar a los vecinos y no interrumpir continuamente las conversaciones. En la mesa debe ser capaz de manejar los cubiertos; y al contestar el teléfono, decir su nombre y anunciar que va a avisar a papá o a mamá.
Por supuesto que aún está aprendiendo y debemos ser indulgentes con él.
Y ya a los diez años, nuestros hijos tienen que comportarse en la mesa con la misma corrección que un adulto (un adulto correcto, claro).
Tienen que conocer ciertas situaciones clave: cuándo ceder el asiento, prestar ayuda a una persona anciana o impedida, comportarse con corrección en los lugares públicos, y tener plena conciencia de que con la naturaleza y en los espacios públicos hay que ser igual de cuidadoso que en la propia casa.
La clave de enseñar modales no está sólo en que los chicos aprendan ciertas fórmulas para salir airosos en determinadas situaciones. La verdadera cortesía está en el respeto mutuo, y eso sólo lo aprende un niño que es respetado como persona. Para que asimile y aprenda a usar las normas de cortesía, tan importantes en la vida diaria, es imprescindible que tenga ante sí
un buen ejemplo. Por mucho que los padres le repitan estas pequeñas fórmulas, si el chico no ve en casa un ambiente de respeto, nunca llegará a aplicarlas con sinceridad.
Es absurdo pretender que un chico aprenda a decir “gracias”, “por favor”, “perdón”, “¿se puede pasar?”, si nosotros nos dirigimos a él con un seco “dame eso”, “te vas a tu cuarto” o “quiero que salgas de ahí”. La confianza no excusa la cortesía. Si en familia, entre la gente que se quiere, no se da importancia a la cortesía, difícilmente los niños aprenderán a usarla.

Hijo

hijo

Se concreta la ilusión del hijo propio en una sociedad donde el tener es valorado. Los fantasmas quedan enrejados; la madre con el bebé en brazos va progresivamente de la separación a la unión y experimenta calma, gratitud, reparación. Se instala en el lugar de mamá, ocupa el rol, esto favorece la disminución de la impotencia, la descalificación y la debilidad subyacentes.

Hijo

hijo

Al no poder concebir, el espacio que avalaba el deseo de hijo consanguíneo quedó administrado por los duelos sucesivos. Es esa administración de las frustraciones la que impregna la posibilidad de hacer duelo, la que fragmenta el deseo de hijo y disocia su representación, tal como la produjo la pareja cuando esperaba concebir.