
Cabría preguntarse aquí si los equipos psicológicos de los centros de fertilidad asistida exploran el deseo y la problemática de cada vínculo en cuestión. ¿Hay estadísticas acerca de casos que no fueron admitidos para estos tratamientos? Nos preguntamos si los pacientes tienen posibilidades de elegir o si se someten a la técnica, a la institución y a las representaciones transubjetivas que esperan un hijo de ellos. A su vez, los psicólogos tendrían como tarea colaborar en la producción de ese hijo que justifique la institución en el más puro estilo foucaultiano.
Siguiendo a Deleuze, recordemos que el terapeuta trabaja en un campo de inmanencia, es decir, que al operar en el terreno transfero-contra-transferencial lo transforma. Desde esta perspectiva se impone reflexionar caso por caso, de acuerdo con una ética de situación, teniendo en cuenta que cada método genera una especificidad fantasmática en sí mismo y en el devenir de cada pareja.
Como estas normas conllevan la idea de “sin límite”, sería conveniente, desde el proyecto terapéutico, marcar cierto tope cuando, ante los reiterados fracasos, se insiste en las técnicas con riesgo de fragmentación del espacio vincular. Considerando que la proporción de embarazos orilla el 20%, cabría interrogarse acerca del destino del porcentaje mayoritario de parejas que consultan.