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Como aceptar la perdida del embarazo

Aceptar la pérdida:
Para los padres es doloroso perder un hijo, incluso si se trata de un feto de pocas semanas. Pero afortunadamente, casi todas las mujeres que han tenido un aborto no pasan de nuevo por esta experiencia. Es importante, por tanto, mirar el futuro con optimismo y no sentirse culpable ante tal acontecimiento. La mayoria de los abortos se producen por una especie de afortunada selección natural que impide que se desarrolle un feto problemático. Eso ya debería ser un consuelo. Pero como cualquier duelo, el dolor se aminora si se comparte y no está de más que hables con tu pareja, tu familia o amigos y no te avergüences de sufrir por haber perdido al bebé, aunque haya sido muy pronto.
Cualquiera que sea la causa del aborto, lo habitual es que el médico recomiende esperar de tres a seis meses antes de intentar otro embarazo. Durante ese tiempo puedes prepararte a conciencia con un estilo de vida más sano (buena alimentación, ejercicio, pensamientos positivos) y piensa que lo más seguro es que en muy poco tiempo puedas tener a tu hijo sano en brazos. Las estadísticas no engañan y para la mayoria de las mujeres que han tenido un aborto, éste pasa a ser una leve recuerdo cuando tienen a su hijo en brazos.

Miedo al aborto

Sin miedo al aborto:
Son más de quince días de retraso y el resultado de la prueba es positivo: estás embarazada. Entre los cientos de pensamientos que en ese momento te vienen a la cabeza, uno destaca entre los demás ¿y si lo pierdo?

El aborto se convierte en una de las principales obsesiones durante los tres primeros meses de la gestación. Pocas mujeres se libran del temor a perder a su hijo antes de que nazca. Aún no son evidentes los signos del embarazo y todavía no se sienten las tranquilizadoras patadas que indican que un ser vivo está dentro de ti. Tan frecuente es este temor que, incluso, muchas futuras madres prefieren guardar en secreto la buena noticia hasta el cuarto mes, fecha mágica en la que suelen desaparecer la mayoría de las preocupaciones, como si con las náuseas y los mareos también desapareciera el temor a abortar. Las estadísticas, sin embargo, no son tan alarmantes. Aproximadamente un 10 por ciento de los embarazos diagnosticados finalizan con un aborto espontáneo antes del tercer mes; del 20 al 40 por ciento se producen antes de ser diagnosticados. Los síntomas son tan leves que pocas mujeres sospechan haber padecido un aborto. La mayoría de las veces todo se limita a un pequeño retraso de la regla que se resuelve a los pocos días con una menstruación más abundante y, en ocasiones, más dolo-rosa de lo normal.
En términos médicos el aborto se define como la interrupción del embarazo cuando el feto no supera aún los 500 gramos de peso, es decir, alrededor de las 20 semanas de gestación, cuando es difícil que sobreviva fuera del útero. Si se produce antes de las doce semanas de gestación —los más frecuentes— se trata de un “aborto precoz”, y si la interrupción del embarazo es después del tercer mes se llaman “abortos tardíos”.
PRECOZ Y ESPONTÁNEO:
Este tipo de abortos, y especialmente los que se producen antes de diagnosticar el embarazo, parece que se originan por una especie de selección natural, es decir, el embrión puede tener alguna alteración cromosómica importante que impide un desarrollo normal. Dicho de otro modo, son bebés que si no se malograran naturalmente podrían tener gravísimas malformaciones. Diversas alteraciones hormonales de la madre, como la falta de progesterona, la hormona encargada de preparar el endometrio para recibir el huevo fecundado y ayudarlo a crecer, pueden ser causa de aborto precoz. También determinados problemas en el útero como la presencia de miomas grandes o que se trate de un útero bicorne. Las infecciones graves (una neumonía o rubéola), fiebre alta durante varios días, la administración de ciertos medicamentos dañinos para el feto o la exposición a rayos X pueden ser muy perjudiciales para la gestación y motivar, incluso, su interrupción. A pesar de estas evidencias, son muchas las incógnitas que quedan por aclarar y aún no se sabe con certeza por qué se interrumpen determinadas gestaciones.

Comer en familia

Comer en familia

Viernes 9 de la noche. Mi marido, nuestros hijos de 13,11 y 7 años y yo nos reunimos en tomo de la mesa para cenar. Lo de “en tomo” es una aspiración, porque el menor ya está con el codo sobre la ensalada.
-Martín, mi amor, bájate de la mesa, estarás más cómodo en una silla, y papá podrá servir… ¡Qué bien que estemos todos! -digo para inaugurar la comunicación, que casi nunca es sencilla, generalmente hablamos todos a la vez o nos callamos en perfecta sincronía.
Espero a que alguno diga algo, los miro a ver por qué tardan tanto en hablarme, con lo fácil que es. Están absortos sobre los platos tratando de averiguar los ingredientes de las croquetas.
-Pura dieta nutritiva, cariño -le informo a mi marido, que ha pasado a la etapa de la disección y usa el cuchillo como bisturí.
Melanie, que en la mesa se vuelve contorsionista, me dice condescendiente:
-Es que esta dieta ya no va más, ma. En la tele jamás la nombran.
Ante tal absurdo no sé qué responder y miro al padre a ver si se decide a comunicarse, pero ni caso.
-Bien, hija -digo pasando por alto la provocación-. Veo que ya no masticas tus míos junto con la ensalada, ahora vas a poner los pies en el piso y será perfecto.
El que está raro es Matías, ni una queja, ni una palabrota, ni siquiera esas risas pavas con la hermana.
-Martín, querido, es mejor que coloques la comida en tu plato y una vez que te metas algo en la boca, vas a hacer el favor de tragarlo. -A estas alturas de la cena y todavía sin comunicamos. Como si fuera una ocurrencia nacida del buen momento familiar, pregunto:
-Si pasaran un día entero con su mejor amigo, ¿qué harían?
Mi marido se asombra. Melanie, al ver la cara de su padre, abandona a David Bisbal (en su imaginación, siempre está con él) y retoma al seno familiar; Martín, por una vez, traga, y Matías se quita el walkman de la oreja por el que se oye un atronador hip hop. Yo me quedo alelada con la eficacia de los estadounidenses. La inocente frase la saqué de un test preparado por la Universidad de Iowa para comunicarse en las comidas familiares. ¡Y me había parecido una tontería!
Un momento único en la vida cotidiana Un estudio realizado por el Centro de Salud Mental de Alicante, España, revela que uno de cada tres adolescentes con problemas de salud mental pertenece a familias que no comparten las comidas, ni siquiera los fines de semana.
Comer juntos en familia y, si tenemos un bebé, también con él, crea un momento único en la vida cotidiana en el que se ponen en juego muchos aspectos:
Es un acto de amor. Nos reunimos; cansados o preocupados, de buen o mal humor, más allá de lo que nos guste, decidimos estar con los que amamos.
Algo instintivo como comer se transforma en una conducta que tiene buenas y malas maneras. lx>s utensilios nos imponen ciertas reglas para llegar al bocado, los platos reparten equitativamente el todo de la fuente y la compañía instala un código social en el preciso momento
en que debemos “mostrar los dientes”.
Da a la comida y a la bebida otro significado. Hay ciertas comidas que casi no se conciben fuera de una mesa compartida: una preparación exquisita, una fonduc o una torta convocan al festejo en compañía. Lo que contrasta con la forma de atracarse en el bulímico o con la imagen del bebedor solitario, quienes no se detienen en las cualidades de lo que ingieren ni en la forma en que lo hacen. Nos vuelve menos vulnerables a los modelos publicitarios que intentan vendernos una vida rápida y solitaria. “¿Cómo entender que estén de moda los negocios delivery y en desuso las familiares? ¿Será que el terreno que ganan los negociantes lo pierden las familias?”, pregunta José Luis Gil, maestro.
Por eso, aun cuando nuestras comidas familiares sean disparatadas, defendámoslas.

Causas de porque no quieren ir al colegio

Mariana es la mamá de Brian. Al término de su licencia por maternidad, se reincorporó a su trabajo de enfermera y dejó al bebé al cuidado de su abuela; le parecía muy chiquito e indefenso para llevarlo a la guardería y prefirió que se quedara en casa al menos el primer año. Cuando Brian estuvo cercano a los dos años, su madre lo anotó en un jardín maternal cercano a su domicilio y lo admitieron. Estaba muy ilusionada: ya veía al chiquito bastante autónomo y quería que empezase a ir a clase con otros chicos. Los preparativos los vivió con mucha alegría: le hablaba a su hijo de su nuevo cok, lo llevó a verlo, compró ropa nueva, preparó la mochila…, pero toda esta ilusión se le vino abajo. Parece que Brian no está viviendo con la misma emoción el inicio de su escolarización.
“Reconozco que lo estoy pasando mal -dice Mariana-. No me esperaba esto. Desde que ha comenzado el Jardín, no ha dejado de llorar ni una sola mañana. Todos los días lo mismo: apenas lo levanto, en su media lengua ya empieza: “Cole no, cole no” y cuando llegamos al Jardín el berrinche está servido. No hay forma de que no llore. Aunque su seño me dice que, al ratito de irme, ya se queda a gusto, no puedo evitar tener una angustia enorme y al dejarlo así, llorando a más no poder, me paso el día con un tremendo sentimiento de culpa.”
Situaciones como las de este chiquito son habituales en los primeros días de clase. Y situaciones como las de esta mamá, también. A veces, los padres vivimos con más angustia de la necesaria la separación de nuestros pequeños. No obstante, si esta negativa a ir a la escuela se prolonga, es necesario averiguar qué está pasando. No hay recetas infalibles; cada chico es un mundo y habrá que ver caso por caso qué es lo que está dificultando su integración en el aula. En estas páginas podemos ver las causas más habituales para el rechazo.

Los hurtos en niños

¿Qué podemos hacer?
Incluso en el caso de que el chico haya actuado así varias veces es mejor no dramatizar, aunque sí seguir algunos consejos, ya que ésta es una buena edad para ver con lucidez al niño, tomarse en serio sus problemas y ponerles remedio a tiempo:
• Hagamos que repare el daño devolviendo lo robado si ello es posible. Expliquémosle que, siempre que se roba, alguien sale perjudicado.
• Estemos más cerca de él y mejoremos la relación; esto es especialmente importante para el padre del mismo sexo.
• Enseñémosle a reflexionar antes de actuar y a controlarse.
• Tratemos de aumentar su autoestima y de revalorizar su confianza en sí mismo.
• Busquemos actividades que lo hagan sentirse satisfecho.
• Démosle algunas responsabilidades, lo que mostrará nuestra confianza en él.
• Los castigos no surten ningún efecto; lo importante es buscar la causa del problema.
• Si, a pesar de todo, el niño vuelve a robar más de una vez, no dudemos en consultar a un psicólogo, que nos ayudará a encarar y resolver el problema.

Niño caprichoso

Para no perder los estribos
Cuando se lo proponen, estos pequeños cabezotas saben bien cómo sacarnos de nuestras casillas en dos minutos. Sin embargo, si conseguimos mantener la serenidad y aportamos a la disputa unas dosis de buen humor, tal vez podamos transformar su “no” rotundo en un claro y decidido “sí”.
• Intentemos llegar a un acuerdo. A veces, es muy difícil razonar con ellos. Pero entre nuestro deseo y su negativa existe un cierto margen de maniobra. La cuestión está en saber encontrar una solución amistosa, beneficiosa para ambos bandos.
• Tenemos que darles tiempo. Conviene olvidarse durante una temporada (dentro de lo posible) de rígidos horarios de comida y sueño.
Al menos, hasta que hayan pasado esta etapa. Sus juegos son ahora lo primero, y es mejor no interrumpirlos. Cuando terminen con lo suyo, será más fácil conseguir que nos hagan un poco más de caso.
• Podemos animarlo, pero nunca obligarlo. Preguntarle “¿Quieres comer ya?” es mucho más alentador que escuchar algo como “¡Ven enseguida a la mesa!”, sobre todo si empleamos un tono amenazante. Si su norma es llevar la contra a toda costa, no estaremos más que provocando una negativa por respuesta. Y la batalla no tardará en comenzar, e Hay que ceder a tiempo. Sus planes no suelen coincidir con los nuestros. en ocasiones, no les falta algo de razón. Entonces, ¿por qué empeñarse en que se ponga el pullóver azul cuando el rojo es mucho más cómodo? No seamos más tercos que ellos…
• Es importante hacerle ver el lado positivo. Si se niega a salir de paseo, podemos explicarle que en la plaza podrá seguir jugando con otros chicos. A pesar de su testarudez, seguro que en el fondo está deseando que nosotros lo convenzamos con nuestros argumentos.

Niño agresivo

Mi hijo les pega a los otros chicos
Alrededor de los cinco años, y a veces antes, algunos chicos demuestran una gran agresividad hacia los demás pequeños. Esto crea no pocos problemas a sus padres, ya que deben enfrentarse a quejas constantes, pero sobre todo es peligroso para los propios chicos, que suelen quedarse aislados cuando lo que más desean es afecto. Reflexionar sobre el tema. Los padres deben preguntarse si no serán ellos un poco “sueltos de mano” (en estas cosas suele cundir el ejemplo). También puede ser que les digan a cada momento: “Como sigas molestando te voy a dar a un bife”, y de esa forma le den ideas a su hijo. Cómo actuar. Cada vez que un chico les pegue a sus compañeros, debemos separarlo del grupo con firmeza, pero sin violencia y con total tranquilidad. Habrá que decirle además: “Como no sabes jugar con tus amigos, tendrás que jugar solo. Volverás cuando sepas controlarte”. Una vez que se calme lo haremos comprender, con buenos modos, que no puede enojarse a cada momento y menos aún pegar. El niño de esta edad es muy influenciable y en realidad está deseando agradarnos y hacer amigos. Si dice que no puede contenerse o reincide, no nos desanimemos. Debemos mostrarle nuestra confianza en que aprenderá a controlarse y que así se divertirá más y tendrá amigos.
Los elogios ayudan. Tan importante o más que lo anterior es reconocerle sus progresos. “Hoy jugaste muy bien”, “Mira qué bien lo pasas y cómo te quieren ahora los otros chicos”. Es bueno elogiarlo por ser amistoso y comunicativo, y explicarle sus ventajas. Apenas está saliendo de su egocentrismo y, a veces, le cuesta adaptarse a las normas del juego compartido.

Los niños

Cuando no les gusta lo que les conviene
Que a los niños no les gustan las verduras es algo bastante evidente. Pero su consumo es importante para garantizar el equilibrio nutricional. Esto, que puede ocurrir con otras comidas, encuentra mejor solución en la imaginación que en la imposición. Las negativas pueden evitarse buscando distintas estrategias: reemplazo de un alimento por equivalentes, modificaciones en la textura, introducción como ingrediente de otros platos, cambios en el orden de la ingestión.

Psicologia en niños

Interpretar los rechazos
A los aspectos culturales hay que añadir la psicología individual para explicar por qué cada uno es como es en lo nutricional. La prudencia, temor a lo desconocido o resistencia a la innovación es una característica importante del comportamiento alimentario de los omnívoros. En el hombre se manifiesta primero en la niñez a una edad variable, aunque habitual-mente situada después de los dos años. Puede observarse una fuerte oposición a los alimentos nuevos: el niño los selecciona, los prueba a regañadientes y a veces los escupe. Esta etapa es un intento del pequeño de estructurar la propia forma de comer, de aumentar su autonomía. El comportamiento neofóbico (miedo a lo nuevo), lejos de constituir un trastorno del desarrollo, corresponde a una fase normal del mismo. Conviene entonces, respetarlo y finalmente canalizarlo hacia la mejor resolución.

Ir a la escuela

“NO ME GUSTA IR A LA ESCUELA”
Cuando el niño comienza a ír a la escuela elemental, pasados los primeros días, es probable que vuelva a casa diciendo: “No me gusta ir a clase. Tengo que hacer tareas. No quiero ir más”. En todo esto falta una mención explícita a otro motivo de ansiedad importante, que el pequeño casi nunca consigue declarar abiertamente:
“Tengo miedo de no salir adelante, de no dar lo que se espera de mí”. “Este temor es el principal motivo que determina en muchos pequeños una “crisis de rechazo”. Especialmente en aquellos que han adquirido menos seguridad y autoestima o que, por carácter innato, prefieren no exponerse a este miedo que puede llegar a ser agudo.
¿Cuál debe ser el comportamiento más eficaz a adoptar ante este miedo, sea cual fuere la forma en que se manifieste? El primer paso que debe darse en esta ocasión es esforzarse en comprender y solidarizarse con el niño quien debe sentirse entendido y considerado. Dado que él por lo general no expresa directamente ese sentimiento, será tarea de los padres sacarlo a la luz, hablando de ello sin vacilaciones, como si fuera la cosa más natural. Las palabras también deben producirle la impresión de que si bien, sus miedos son entendidos, también los papas están seguros de que aprenderá a dominarlos. Es necesario que continúe yendo al colegio. Con el tiempo, la compresión y la firmeza de los padres le ayudarán de forma determinante a  superar la fobia a las aulas.