Archivo para la Categoría » Miedos Infantiles «

Pesadillas en los niños

Cómo conjurar a los monstruos
Cuando un niño se despierta asustado porque ha tenido una pesadilla, no tiene ningún sentido asegurarle que sólo se trata de un sueño. Es mejor conjurar a los monstruos con artes mágicas. Por ejemplo, podemos dotar al niño de un palo invisible con el que será capaz de vencer cualquier bestia, o inventarle un poderoso aliado, como un hada, que siempre lo protegerá del mal.

Miedo a la oscuridad

Un origen diverso
Esto no significa que cada vez que un chico sueña con gigantes o cocodrilos los padres deban sentirse culpables. En primer lugar, no hay que olvidar que todos los niños perciben a sus padres a la vez como buenos y malos. Además, puede ser que el feroz animal tenga relación con lo que el niño ha hecho y visto durante el día (el títere en la escuela, un amigo bravucón o un programa de la televisión).
Lo que no podemos hacer los padres es prometerles que jamás volverán a soñar algo “de miedo” porque no será cierto. Lo mejor es hablar con ellos (las palabras espantan los miedos), acudir a su cuarto cuando nos llaman o inventar una “magia” para ahuyentar intrusos. A los ocho o nueve años, su cabecita se despoblará de seres temibles y todo quedará en un mal sueño.

Miedos de niños

Los niños tienen, a veces, malos sueños. Esto no sólo es normal, sino incluso necesario. Cuando ocurre, hay que tranquilizarlos y ayudarlos a vencer a los fantasmas nocturnos.

Fantasmas a la hora de dormir

Mama, el dinosaurio!”. El grito de angustia de So-nia rompe el silencio de la noche. Sus padres ya están acostumbrados: saben que encontrarán a su hija sentada en la cama, con los ojos desorbitados y transpirando de miedo. Ha tenido una pesadilla y aún no está del todo despierta. También Diego tiene sueños de miedo. Pero no grita, corre a toda velocidad -no vaya a ser que el monstruo lo agarre a la protectora cama- paterna.
Parece que nuestros hijos se pasan las noches luchando con brujas y ogros, lobos y cocodrilos. ¿No habrá alguna manera de ahorrarles estos sustos? Pues no, no la hay. Los sueños forman parte de nuestra condición humana, tanto los buenos como los malos.

¿Pesadilla o terror?
Cada noche soñamos unas cinco o seis veces. Los sueños de los chicos menores de cuatro años son aún muy poco estructurados, y apenas tienen acción. Pero, a la edad de cinco o seis años, comienzan a ser dinámicos, con un contenido cada vez más complejo, aunque el pequeño casi nunca actúa por sí mismo, sino que es la víctima pasiva de la actuación de los demás. Así pues, no es de extrañar que sean especialmente terroríficos.
Conviene dejar claro que una pesadilla no es lo mismo que el llamado terror nocturno. En este caso, el niño se despierta fuera de sí, gritando y visiblemente asustado. No sabe dónde está, ni responde a las palabras de los padres. Después de cinco o diez minutos todo ha pasado. El pequeño se da vuelta y sigue durmiendo. A la mañana siguiente no se acuerda de nada.
Según algunos investigadores del sueño, la explicación de este fenómeno es netamente organicista: a cada fase de sueño ligero (en la que soñamos) le sigue otra de sueño profundo. Cuando el niño no logra pasar de una fase a la otra, aparece el terror nocturno. Las mediciones de la actividad cerebral, de los latidos cardíacos y de la frecuencia respiratoria muestran que todas estas actividades corporales se disparan en cuestión de segundos. Es aconsejable acariciar al niño, pero no conviene tratar de despertarlo. Algunos médicos suponen que es hereditario, otros que puede ser desencadenado por la falta de sueño.
Y, por supuesto, sigue teniendo gran peso la interpretación psicoanalítica de estos terrores como síntomas de un conflicto emocional más serio y profundo sobre el que los padres deberían reflexionar o, incluso, acudir a un psicólogo.
Mientras que el terror nocturno no tiene ninguna función positiva, los sueños son necesarios, incluso las pesadillas. Gracias a ellas, los niños se liberan de muchas tensiones a las que no pueden dar salida durante el día.
A menudo los chicos expresan sus sentimientos trasladándolos a algún animal, ogro o monstruo mezcla de ambos. No suele tratarse de una simbologia muy compleja pero, a veces, incluso estos sueños tan sencillos requieren una clave para comprenderlos. Por ejemplo, un cocodrilo -o cualquier otro monstruo con muchos dientes-simboliza la agresividad. Pero de qué tipo de agresividad se trata, depende de cada niño y de sus circunstancias personales. Quizá tiene miedo a ser devorado por su propia madre (“te comería a besos”), quien por puro amor lo sobreprotege o, quizás, lo domina y no le deja espacio para que se independice. Un lobo que persigue al pequeño podría simbolizar a un padre demasiado autoritario.

El niño de 2 años

Una elección muy complicada
Hay un detalle que ilustra a la perfección la crisis interna que padecen los niños a esta edad: la angustia que les produce tener que tomar una decisión. Visitar el zoo o ir a la pileta, comer chocolates o tomarse un helado… Y es que la elección de una cosa significa tener que renunciar a otra y eso, a los dos años, es algo muy duro de aceptar. El año que viene, quizás, ya puedan hacerlo.

Cuando cierran la puerta a los miedos

Cuando cierran la puerta a los miedos
También puede suceder que algunas situaciones hayan sido demasiado penosas para nuestro hijo. Quizás contempló una escena muy fuerte que lo impresionó especialmente y se niegue rotundamente a volver a experimentar miedos ficticios. Ni que decir tiene que nunca debemos forzarlo a cruzar el umbral de una puerta que él prefiere no traspasar, y que jamás debemos de presionarlo ni reírnos de él. Tratemos de concederle mayor autonomía y acostumbrarlo a resolver las pequeñas dificultades cotidianas por sí mismo. A medida que crezca, aprenderá a elaborar intelectualmente sus temores y disfrutará saboreando el ambiguo manjar del miedo.
Y en los momentos de mayor tensión no olvidemos que un poco de humor hace desaparecer la angustia… A menos que seamos nosotros quienes necesitemos sentir el calor de su mano para no ceder a la tentación de cerrar con fuerza los ojos.

Trucos que conjuran los terrores

Trucos que conjuran los terrores

Nenas y varoncitos se proporcionan a sí mismos imágenes que les dan seguridad. Se identifican con el héroe, comparten sus angustias y sus peligros, pero sin dejar de ser ellos mismos. En ocasiones adoptan el papel de malo, que les permite dar rienda suelta a sus tendencias hostiles. Adoran esa mezcla de miedo y seguridad que les proporciona una escena de vampiros, porque saben que esa historia es un invento y que, felizmente, Drácula o el malvado de turno no existen. A veces, cierran los ojos ante determinadas imágenes, ven sólo una parte de la película, se agarran a la mano del hermano mayor, apagan de repente el televisor… Lúcidas estrategias que les otorgan el placer de sentir miedo, sólo hasta donde ellos quieren, para sentirse seguros después. En esos momentos, la compañía de un adulto, sus comentarios para atrapar la ironía que se les escapa y la seguridad de tenerlo al lado lo ayudarán a separar la ficción cinematográfica de lo que pertenece a la vida real. Pastemos a su lado también cuando vean películas de miedo en la televisión. Y no dudemos en comprarles libros “terroríficos”: son muchos los títulos de este género que se han publicado y que podemos leer y compartir con ellos.

Tener miedo puede ser divertido

Tener miedo puede ser divertido
Sentir miedo es connatural al ser humano. En los primeros años de vida, el bebé tiene miedo si lo sacan bruscamente de la cuna o cuando su mamá desaparece o apaga la luz de su habitación. Son temores derivados de la inevitable experiencia de ir conociendo el mundo y se resuelven en forma progresiva a medida que el chico crece.
A partir de los cinco
años, pueden surgir miedos más concretos. De repente, se aterroriza del gato, que lleva toda la vida en casa. Son temores irracionales que a menudo enmascaran la existencia de un conflicto familiar. Quizás ponen de manifiesto una enemistad hacia el padre o un fuerte sentimiento de rivalidad y celos motivados por el her-manito que acaba de nacer.
Afortunadamente, la mayoría de los temores infantiles tiene su origen en las vivencias, positivas y negativas, que forman parte de la existencia y se solucionan con el apoyo emocional y la seguridad amorosa de los padres.
Ayudar al chico a crecer no significa preservarlo de todo mal. Implica más bien proporcionarle las claves necesarias para que aprenda a dominar sus inseguridades. ¿Contemplar monstruos horripilantes, vampiros, desagradables imitantes, dinosaurios voladores… le aporta también alguna enseñanza? Sí, bajo la ineludible premisa de que estas escenas sean siempre adecuadas a su edad.
En la preadolescencia disfrutarán de lo lindo con películas del tipo Jurasik Park y no les quitará el sueño Freddy Krueger. Pero a los cinco años, cuando la frágil frontera entre la realidad y la fantasía no está aún perfectamente delimitada, estas ficciones pueden engendrar temores e insepuridades.

A los chicos los atraen los monstruos porque les permiten proyectar en ellos sus propios monstruos y aprender a conjurarlos. ¿Por qué insisten en ver una película de miedo aun a sabiendas de que lo van a pasar mal? Porque la dificultad les permite enfrentarse al peligro, acostumbrarse a él y dominarlo. Les gusta provocarse miedo a sí mismos para comprobar que son capaces de superarlo después. Si queres mas informacion sobre educacion entrar a Educacion Infantil

Tener miedo

Qué lobo más bueno!”, exclamó Andrea, de seis años, después de haber escuchado Caperucita Roja. Su madre se quedó pasmada hasta que su hija le explicó que el lobo era bueno porque se había comido a la abuela y a Caperucita…, pero había dejado intacto el contenido de la cesta.
Cada uno de nosotros recorta de la realidad su propio universo. ¿Un comerciante en maderas y un pintor perciben lo mismo al contemplar el mar en el crepúsculo? Evidentemente, no. De igual manera, nuestra visión de padres puede estar muy lejana del paisaje que nuestros hijos miran con sus ojos de niño.

Qué aprenden con los cuentos
A menudo nos preguntamos si los afectará escuchar un cuento fantástico o truculento, o ver una película de terror o ciencia ficción. ¿Serán adecuados para su edad? ¿Les provocarán miedos o pesadillas?
Existen temores deliciosos que el chico busca porque, aunque parezca paradójico, le brindan seguridad. Hacia los cinco o seis años, suele manifestar su atracción por los cuentos que atemorizan un poco (lobos, dragones, monstruos, brujas…). Estos relatos truculentos (la mayoría de los tradicionales lo son) le permiten aproximarse a la condición humana: la vida, la muerte, el trabajo, la amistad, el amor, el sufrimiento… La distancia introducida por los animales personificados le sirve para hacer progresivos estos descubrimientos y otorgarles una importancia proporcional a sus fuerzas. Asimismo, ayudan al pequeño a trazar poco a poco la línea divisoria entre lo real y lo ficticio y, al ver proyectados sus temores y angustias bajo la forma de ficción literaria, le producen una grata sensación liberadora.

Tiene miedo a dormirse

Tiene miedo a dormirse
En el momento de acostarse, algunos chicos manifiestan temor y angustia al tener que quedarse solos y a oscuras en su cuarto. Con frecuencia, papá o mamá deben permanecer a su lado hasta que se duermen. No son casos aislados. La situación es común, incluso a edades en las que los chicos ya son algo más autónomos (cinco o seis años). El miedo a dormirse y a la oscuridad se asocian a otros, como el miedo a separarse de los padres, a quedarse solos, a los seres fantásticos o malvados… Suelen ser temores leves y, salvo excepciones, se superan con el tiempo. Durante el día, al chico le resulta más fácil controlar sus sentimientos y preocupaciones. Pero de noche, cuando se va a la cama y la luz se apaga, sus pensamientos tienen vía libre para expandirse. Las inquietudes y angustias empiezan a surgir, y el chico termina perdiendo el control sobre sus sentimientos, impulsos y miedos, comportándose como si fuera más pequeño. Por ejemplo, a un chiquito de cinco años al que de día no le importa separarse de sus padres, de noche puede angustiarlo estar solo en su cuarto. No lo hace por fastidiar, simplemente ha perdido un elemento fundamental para el buen dormir: el sentirse seguro y dominar la situación. Para recuperar la seguridad en sí mismo y en el ambiente, el chico necesita apoyo y cariño. Los padres podemos ayudarlo con juegos, por ejemplo, proponiéndole uno
en el que su personaje favorito intenta encontrar tesoros escondidos en lugares cada vez más oscuros y alejados del living, y más cerca de su dormitorio. El chico parte de un espacio iluminado y cercano, hasta llegar a su cuarto, alejado y a oscuras. Cada paso adelante debe ser recibido con alegría, y cada negativa a avanzar, con un apoyo y un “No importa, la próxima vez lo lograrás”. Las rutinas para inducir al sueño deben ser relajadas; hay que elegir bien el cuento de las buenas noches y narrarlo con monotonía. Asimismo, el dormitorio tiene que ser agradable, sin adornos que puedan atemorizar en la oscuridad. Se puede dejar una luz encendida y la puerta abierta; así se sentirá menos aislado.