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Conductas rebeldes de los hijos

Mi hijo es muy revoltoso. Si le regaño por las buenas, pasa de mí. Por las malas, es peor. ¿Qué puedo hacer? Sandra sánchez (Aviia)

Si a pesar de su insistencia y dedicación no ha logrado modificar las conductas revoltosas de su hijo, por ese camino no lo va a conseguir. Le recomiendo que le regañe lo menos posible, no haga hincapié en las conductas que le disgustan, compórtese como si no las viera y no le recrimine ni hable con él sobre Io que hace mal. Pero este dispuesta a valorar todo Io que su hijo haga bien. Así conseguirá, al cabo de un tiempo, extinguir las conductas negativas de su hijo y potenciar las positivas. Persevere y cambie su propia conducta para modificar los comportamientos de su hijo.

La comida, fuente de amor

La comida, fuente de amor
“El primer objeto erótico del bebé es el pecho materno que lo alimenta, el amor se engendra apuntalado en la necesidad de nutrición satisfecha”, expone Freud en una de sus últimas obras. Asi, la comida y el amor quedan entrelazadas y dejan su huella en la psique humana. Algo de esta huella aparece en el saber popular que dice: “El camino más corto para llegar al corazón del hombre es el estómago”, o en las relaciones singulares que solemos tener con la comida por una desilusión amorosa: en ella ahogamos las penas o perdemos totalmente el apetito.
La aceptación por parte del bebé de la leche materna hace sentir a la madre que toda ella es la aceptada, de ahí la expresión “Este chico no me come”.

Cocinar en familia

La cocina es divertida e instructiva
Llevemos la aventura a la cocina. Una idea es organizar, con la frecuencia que sea posible, “El festín de los…” (completar con el apellido familiar), en cuya preparación participe toda la familia. Entre todos hay que elegir los ingredientes; pensemos en el color, la textura, la forma y la variedad. Es más sencillo es crear salsas para pastas, panqueques o hamburguesas. También los sandwiches admiten ingredientes novedosos.
Olvidemos que la cocina es una actividad cotidiana que realizamos automáticamente. Recordemos la magia del caldero de las brujas y la ilusión del juego de química para estar a tono con la expectativa infantil. Seguir una receta implica resolver instrucciones, medir, cortar, amasar, licuar…, y la estrella: cascar huevos. Los chicos observan: un sólido se transforma en líquido, aceite y huevo hacen mayonesa… (aunque, como ya dijimos, no se trata de abusar de esta salsa).

Alimento de sus hijos

¿Cómo lograr que prueben un alimento nuevo?
Un desafío que preocupa a muchos padres. “Vas a probar un poquito y te voy a dar mucho de lo que te gusta. Si lo pruebas, te voy a escuchar con más atención cuando me digas que no te gusta”, son frases que sugiere la psicopedagoga Julia Herrera.
“El hecho de que los chicos coman cosas nuevas entra en el capítulo de la curiosidad infantil. Si les das algo atractivo, lo quieren descubrir; por ejemplo, cuando ofreces un juguete nuevo a un chico, no dice que porque es nuevo no lo quiere, sino que lo toma, lo abre, lo desarma. Si no ocurre igual con la comida, es que previamente hemos hecho algo mal”, opina José Luis Gil.
En cualquier caso, si se niegan, bueno, qué le vamos a hacer. Algún día, su novio o novia les hará cambiar de idea.
Seamos creativos con nuestra familia, a la hora de la comida y a cualquier hora. Una mamá con chiquitos cuenta: “En casa, cuando hay espa-guetis con salsa, jugamos a que somos italianos, nos ponemos la servilleta al cuello y hablamos a lo italiano. Es muy divertido, se le ocurrió a mi marido porque los chicos se ensuciaban la ropa con la salsa y no aceptaban ponerse la servilleta al cuello porque decían que era muy incómodo, pero si jugamos a ser italianos, no se oponen”. El juego es un excelente recurso para todo.

Educar a sus hijos

Mejor sin televisión y sin teléfono (se puede, está el contestador automático). Claro que, si una noche toca pizza y gaseosas, podemos llevar la bandeja al living y hacer una especie de picnic. No les demos la lata con los modales, seamos positivos y elogiemos lo bien que lo hacen, es lo más fácil para que lo hagan cada vez mejor. Dejar comida en el plato… ¿cuál es el drama? “Yo creo que lo de obligar a comer es un error -afirma José Luis Gil, maestro-, pero un error en el que suele caer casi todo el mundo, porque no se está dispuesto a decir: ‘Puesto que hay comida, si alguien no come, es porque no tiene apetito. Si no vas a comer, no pasa nada, nos levantamos todos amistosamente y ya está, no es ningún drama’. Pero no suele ocurrir así, dejar comida en el plato es una tragedia. Creo que eso nace de los primeros miedos, de cuando el chico es muy pequeño y, si no quiere comer, no te puede decir si está mal de salud. Luego esos miedos se van arrastrando y el encargado de la comida de los chicos arrastra esa inseguridad.” Mayonesa con todo. Sin duda no es lo mejor para degustar diferentes sabores, la mayonesa actúa como un rasero igualitario: todo tiene gusto a mayonesa. Más que prohibírsela podemos pedirles que alternen, un bocado sí y otro no. O que hasta la mitad del plato coman sin mayonesa.
Este tipo de transacciones instala el espíritu democrático en la mesa familiar, más importante que el apego a la mayonesa, que suele mermar con el tiempo.

Comer en familia

Comer en familia

Viernes 9 de la noche. Mi marido, nuestros hijos de 13,11 y 7 años y yo nos reunimos en tomo de la mesa para cenar. Lo de “en tomo” es una aspiración, porque el menor ya está con el codo sobre la ensalada.
-Martín, mi amor, bájate de la mesa, estarás más cómodo en una silla, y papá podrá servir… ¡Qué bien que estemos todos! -digo para inaugurar la comunicación, que casi nunca es sencilla, generalmente hablamos todos a la vez o nos callamos en perfecta sincronía.
Espero a que alguno diga algo, los miro a ver por qué tardan tanto en hablarme, con lo fácil que es. Están absortos sobre los platos tratando de averiguar los ingredientes de las croquetas.
-Pura dieta nutritiva, cariño -le informo a mi marido, que ha pasado a la etapa de la disección y usa el cuchillo como bisturí.
Melanie, que en la mesa se vuelve contorsionista, me dice condescendiente:
-Es que esta dieta ya no va más, ma. En la tele jamás la nombran.
Ante tal absurdo no sé qué responder y miro al padre a ver si se decide a comunicarse, pero ni caso.
-Bien, hija -digo pasando por alto la provocación-. Veo que ya no masticas tus míos junto con la ensalada, ahora vas a poner los pies en el piso y será perfecto.
El que está raro es Matías, ni una queja, ni una palabrota, ni siquiera esas risas pavas con la hermana.
-Martín, querido, es mejor que coloques la comida en tu plato y una vez que te metas algo en la boca, vas a hacer el favor de tragarlo. -A estas alturas de la cena y todavía sin comunicamos. Como si fuera una ocurrencia nacida del buen momento familiar, pregunto:
-Si pasaran un día entero con su mejor amigo, ¿qué harían?
Mi marido se asombra. Melanie, al ver la cara de su padre, abandona a David Bisbal (en su imaginación, siempre está con él) y retoma al seno familiar; Martín, por una vez, traga, y Matías se quita el walkman de la oreja por el que se oye un atronador hip hop. Yo me quedo alelada con la eficacia de los estadounidenses. La inocente frase la saqué de un test preparado por la Universidad de Iowa para comunicarse en las comidas familiares. ¡Y me había parecido una tontería!
Un momento único en la vida cotidiana Un estudio realizado por el Centro de Salud Mental de Alicante, España, revela que uno de cada tres adolescentes con problemas de salud mental pertenece a familias que no comparten las comidas, ni siquiera los fines de semana.
Comer juntos en familia y, si tenemos un bebé, también con él, crea un momento único en la vida cotidiana en el que se ponen en juego muchos aspectos:
Es un acto de amor. Nos reunimos; cansados o preocupados, de buen o mal humor, más allá de lo que nos guste, decidimos estar con los que amamos.
Algo instintivo como comer se transforma en una conducta que tiene buenas y malas maneras. lx>s utensilios nos imponen ciertas reglas para llegar al bocado, los platos reparten equitativamente el todo de la fuente y la compañía instala un código social en el preciso momento
en que debemos “mostrar los dientes”.
Da a la comida y a la bebida otro significado. Hay ciertas comidas que casi no se conciben fuera de una mesa compartida: una preparación exquisita, una fonduc o una torta convocan al festejo en compañía. Lo que contrasta con la forma de atracarse en el bulímico o con la imagen del bebedor solitario, quienes no se detienen en las cualidades de lo que ingieren ni en la forma en que lo hacen. Nos vuelve menos vulnerables a los modelos publicitarios que intentan vendernos una vida rápida y solitaria. “¿Cómo entender que estén de moda los negocios delivery y en desuso las familiares? ¿Será que el terreno que ganan los negociantes lo pierden las familias?”, pregunta José Luis Gil, maestro.
Por eso, aun cuando nuestras comidas familiares sean disparatadas, defendámoslas.

Limites a los hijos

No, porque no
Así como hay padres que no saben decir un no con firmeza, otros viven con el no en la boca. Aun cuando no hay razones justificadas, y sin contemplar las características propias de cada edad. “No andes en bicicleta porque te vas a caer”. “No saques tus juguetes porque vas a desordenar”. “No comas con la mano porque te vas a ensuciar”. “No comas galletitas en el living porque vas a llenar todo de migas”. Todo es no Y eso es tan malo como decir a todo que sí. El consejo es reservar el no para las cosas importantes, y ser más flexibles en el resto. No puede ser todo que no, como tampoco todo que sí. Si se le dice a todo que no, le resultará muy difícil discernir lo importante de lo que no lo es.
Un aspecto vital es que exista acuerdo entre los padres, para que uno no desautorice al otro. Por ejemplo, si se le prohibe a un niño mirar un programa de televisión que los papas consideran inadecuado para su edad, la decisión debe sostenerse y no quedar sujeta al cansancio de los mayores, o a los reiterados pedidos del chico, o a si se portó bien o mal ese día. No es que no puede mirarlo porque está castigado o porque se portó mal, sino simplemente porque sus padres consideran que no es apropiado. Que el límite sea claro y que se mantengan las decisiones tomadas es imprescindible para no crear confusión en nuestros pequeños.

Dar el ejemplo

Los chicos aprenden lo que ven
Los adultos damos el ejemplo a nuestros hijos, aún cuando no seamos conscientes de ello. Los niños copian las costumbres de los mayores, sobre todo cuando son muy pequeños. Por eso es tan importante la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Con qué autoridad le decimos al niño que no diga malas palabras si en casa es la forma habitual de comunicarse. De la misma manera, cuando nos dejamos llevar por el enojo, perdemos el control, nos ponemos agresivos o violentos, damos a nuestros hijos un mal ejemplo. No debe asombrarnos que más adelante ellos manifiesten este tipo de conductas frente nosotros, o hacia otros chicos o adultos.

PADRES

EL NIÑO Y LOS LÍMITES LOS PADRES Y LOS LÍMITES

• LO HACEN SENTIR CUIDADO, CONTENIDO, Y POR LO TANTO QUERIDO.
• AFIANZAN SU CONFIANZA BÁSICA.
• ESTIMULAN LA SEGURIDAD EN SÍ MISMO.
• LO AYUDAN A TOLERAR FRUSTRACIONES. • FACILITAN SU ADAPTACIÓN E INTEGRACIÓN A LOS GRUPOS.
• LO PREPARAN PARA LA VIDA. LO AYUDAN A DISTINGUIR LO QUE ESTÁ BIEN DE LO QUE ESTÁ MAL.

LOS PADRES Y LOS LÍMITES

• TIENEN QUE ESTAR DE ACUERDO ENTRE ELLOS, PARA NO DESAUTORIZARSE MUTUAMENTE.
• DEBEN APLICARLOS CON FIRMEZA, PERO SIN MALTRATAR AL NIÑO.
• ES IMPORTANTE QUE SEAN CLAROS.
• TIENEN QUE MANTENER LAS DECISIONES TOMADAS
• NO DEBEN SER ARBITRARIOS.

Padres e hijos

Dar explicaciones
A veces, a los padres les resulta más difícil decir que no que a los hijos aceptar la prohibición. Sobre todo cuando la negativa tiene como finalidad cuidarlos de un peligro. Es preciso explicar al niño los motivos por los cuáles no se le permite hacer algo. De esta manera, el pequeño aprende a incorporar las normas y a decirse a sí mismo que no frente a determinada situación, cuando sus papas no están presentes.
Del mismo modo, los chiquitos que han recibido un no a tiempo suelen ser más conscientes de los límites, de los valores y de los parámetros de comportamiento, dentro de la familia y de la sociedad, cuando llegan a la infancia o a la adolescencia.