Cuando tienen alrededor de un año necesitan dormir unas 14 horas en total. De ellas, dos y media durante el día (progresivamente por la tarde).
Con año y medio duermen unas 13 horas y media, de las cuales dos suelen transcurrir en horario vespertino.
A los dos años, su organismo necesitará descansar 12 horas por la noche y otra hora y media más después de comer.
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¿Existen los bebés anuncio?
Esos niños tan guapos, regordetes, sonrosados y felices de las revistas, ¿son de verdad?
Mas de una mamá se siente un poco mal cuando, después de dar a luz, le dan a su retoño y piensa, sin quererlo: «¡Dios mío, pero qué arrugadito está! ¿Va a ser así de feo cuando crezca?». Pero es de lo más normal porque, por mucho que digan que todos los bebés son guapos, lo cierto es que, al nacer, no se encuentran en su mejor momento.
¿A cuál de los dos se parece el niño?.
Suele ocurrir que, mientras permanece en la dulce espera, la futura mamá compre revistas sobre niños, mire anuncios sobre ellos, se fije en los hijos pequeños de las vecinas y llore con las películas donde los niños hablan y se llevan muy bien con los adultos que tienen alrededor. Y son realmente guapos todos esos niños, pero se nota que han pasado con creces la primera semana.
Hay que decir que, para todos los implicados, un bebé es lo más dulce del mundo, incluso antes de nacer. Mamá se pasa las horas muertas acariciando su vientre y soñando despierta con un bebé delicioso, todo sonrisas y amor. Se ve a sí misma presentándolo a la familia: todos mirando extasiados. Lo imagina dentro de la ropita nueva, resplandeciente de lo guapo que está. Es más, será un niño encantador, que se adapte al seno de maravilla y duerma casi toda la noche de un jalón.
Pero, a primera vista, observará con recelo que su piel tiene un sospechoso tono morado, que está arrugadito como un bisabuelo o que parece primo hermano del hombre lobo. Antes de renunciar a la carrera de modelo, consideremos por un momento el viaje que el pequeñín ha realizado: horas de rozaduras para atravesar un túnel minúsculo, contracciones violentas como terremotos y, lo que es peor, el mundo exterior, con todos esos gérmenes, el aire frío, la ropa…
Por si esto fuera poco, su pequeño cuerpo tiene que poner en marcha y ajustar diversos motores, como el aparato respiratorio, el digestivo; el sistema circulatorio… Está morado por el esfuerzo, con los ojos hinchados y semicerrados, y su piel tiene el aspecto de quien ha pasado demasiado tiempo en la bañera, con el agravante de no estar habituado a nada más.
El verdadero problema es, en realidad, el sentimiento de culpa. Una madre tiene la obligación de adorar a su bebé desde el primer día o, al menos, siente que la tiene. Todos dicen: «¡Es muy guapo!», y es por compromiso; pero ella se siente mal. Cuando el flechazo no surge, muchas mamas quedan desoladas, pensando que no están a la altura de las circunstancias, que serán unas madres horribles, incapaces de querer a sus hijos.
Sólo una semana para estar guapos.
En estos casos, toda la familia debe arroparla, con bromas y cariño, admitiendo que es adorable de lo feo que está y acompañarla en el primer susto. La buena nueva es que sus ríñones tardan pocos días en funcionar correctamente, con lo que la acumulación de líquidos se disipará, dejando su cuerpo liso y suave. Su piel se acostumbrará al nuevo medio y perderá el tono rojizo, manchas e imperfecciones, y su cabeza ya no parecerá un pepino. Su postura se corregirá y sus ojos serán menos sensibles a la luz, reapareciendo sanotes y luminosos. Y el lanugo (esa pelusa que el organismo crea para protegerse durante el parto) se le habrá caído. Entonces habrá que tomarle muchas fotos porque ¡ será el más guapo del mundo!
Hay que estimular todos sus sentidos.
Durante la infancia es cuando el cerebro pone a punto sus conexiones, por eso es tan importante estimular los sentidos del bebé. Para conseguirlo no hace falta que su habitación sea un parque de diversiones; jugar con él a esconderse, al arre, caballito, cantarle o leerle en voz alta es la mejor estimulación. Igual de importante es saber cuándo tiene suficiente y necesita que lo dejemos tranquilo (nos lo hará saber, por ejemplo, resistiéndose a mirarnos).
Con la palabra “no” siempre en la boca
El problema es que a esta edad la palabra “yo” está indisolublemente unida, como si fueran hermanas siamesas, a la palabra “no”. Esta sí que la pronuncian. ¡Vaya si la pronuncian! El sentimiento de identidad personal se apoya en el sentimiento de tener deseos y voluntad propios. Si el chico se dejase llevar siempre, nunca alcanzaría a saber si realmente tiene deseos e intenciones propias. Así que decide ejercer su voluntad, y el modo más claro de sentir que se tiene una voluntad propia y diferenciada de las otras personas es precisamente diciendo “no”.
De repente empiezan a disparar no es como si fuesen una metralleta. “¿Vas a tomar un yogur?”. “No”. “¿La blusa azul?”. “No”. “¿Te pongo los zapatos?”. “No”. “¿A la guardería?”. “¡Nooooo!”. Los chiquitos de dos años tienen días terribles, implacables, espantosos. Algunos padres que no están avisados creen que han traído al mundo a un verdadero monstruo.
Por suerte no es así a todas horas, y esta crisis de oposición durará sólo unos meses, al menos en su fase más aguda. Es un sarampión tan necesario como pasajero, pero mientras dura necesita a unos padres repletos de humor y comprensión.
Las palabras “yo” y “no”, además de ser siamesas, tienen un primo hermano, que es la palabra “mío”. Un chiquito de dos años tiene un acentuado sentido de la propiedad. Es normal que, al estar tan embargados por el sentimiento del “yo”, se aferren tan denodadamente al posesivo de la primera persona del singular: “mío”.
Cuando Kevin se atraganta pretendiendo comerse entero su chupetín con tal de no dar ni un trocito a su prima Aldana, las teorías que expusimos antes cobran cruda realidad. Y si sólo se tratase de no ceder las cosas propias, todavía. El problema es que también tratan de apropiarse de lo ajeno. Lo mío es mío, y lo tuyo, si puede ser, también. Con estas discrepancias sobre el tema de la propiedad, no es raro que debamos tener mucho cuidado cuando coinciden dos o más chicos de esta edad. Pongámoslos juntos al lado de un solo juguete atractivo, y veremos lo que sucede.
Llamarlos egoístas sería excesivo. En una persona mayor un comportamiento así sería signo de inmadurez, pero a esta edad es lo normal, lo
que corresponde, aunque también en muchas ocasiones puedan mostrarse complacientes y colaboradores. Aún tardarán en descubrir los derechos de los demás.
Y, sin embargo, en esta etapa tendrán que iniciar también el aprendizaje de la sociabilidad, sea en la plaza o en el jardín maternal. Todavía les
cuesta mucho cooperar y compartir cuando los juntamos con otros chicos, pero debemos proporcionarles estas situaciones para que vayan aprendiendo a adaptarse a los demás. Aunque hay que estar alertas, porque de la indiferencia o el besuqueo pueden pasar a la batalla campal. Hasta cerca de los tres años no aprenderán a disfrutar jugando en compañía, y será entonces cuando empiecen de a poco a compartir juguetes.
Son terribles porque están creciendo.
Al cumplir dos años, el chiquito ha multiplicado por cuatro el peso que tenía al nacer. Aquellas encías desnudas se han poblado de dientes y están a punto de salirle las últimas muelas. Ya puede correr, saltar, trepar…
Sí, diremos nosotros, corre y salta, pero se cae con frecuencia y se hace chichones en la frente. Sube escaleras, pero apoyando los dos pies en cada escalón. Cuando patea la pelota, su trayectoria y las consecuencias son imprevisibles. Trepa a las sillas, pero igual que les pasa a ciertos gatos intrépidos cuando se suben por primera vez a un árbol, después tenemos que ayudarlo a bajar.
Eso a él le da lo mismo. Hace poco más de un año aún estaba inmovilizado en su cuna o empezaba a gatear, y hace sólo unos meses caminar de los brazos de mamá a los de papá era todavía una vertiginosa aventura. Pero ahora se siente tan fuerte y libre, se ve con tantas posibilidades, divisa tantas perspectivas… que toda aventura lo atrae y le parece posible.
Hay una palabra que ocupa el primer plano para los chiquitos de dos años, y es la palabra “yo” (aunque aún no la pronuncien). Se trata de un egocentrismo comprensible. Los chicos están construyendo su sentimiento de identidad personal. Tienen que delimitar muy nítidamente la frontera entre su propia persona y la de los demás. Están muy centrados en sí mismos, y es fácil observar que cuando se juntan varios pequeños de esta edad, en realidad no suelen jugar unos con otros, sino unos junto a otros.
¿Cómo animarlo a probar alimentos nuevos?
Un fuerte instinto hace que los animales prefieran en general los alimentos que ya conocen a los que no han probado nunca; es la forma en que la naturaleza evita las intoxicaciones.
Los chiquitos aprenden qué se come y qué no mediante la lactancia y la imitación. A través del pecho, el bebé conoce el sabor de lo que come su madre, por eso es difícil que le guste algo que ella no ha comido nunca, como una mezcla de cinco frutas o una papilla de cereales con sabor a vainilla. Al ver comer a sus padres, intenta comer lo mismo, razón por la cual es absurdo tratar de que pruebe la verdura si ustedes no comen verdura.
Un buen método para que se habitúe a los nuevos sabores es sentarlo a la mesa “de los grandes”. Tarde o temprano extenderá la manita y pedirá algo.
Cuando esto se repita con frecuencia, será el momento de ponerle su propio plato, con muy poca comida, y una cuchara. Y dejarlo comer solo, si quiere, aunque se manche y tarde. Se pueden poner algunos límites si grita más de la cuenta, pero hay que tener paciencia, porque es así como aprende a hacer las cosas.
¿Y si no quiere otros alimentos?
Ya hemos dicho que algunos bebés no quieren tomar nada más que leche, a veces hasta los ocho o diez meses (raramente más). Si se le ofrecen otros alimentos y los rechaza, no hay que preocuparse. Los especialistas han elegido una fecha arbitraria, los seis meses, para empezar con la alimentación complementaria porque están razonablemente seguros de que ningún bebé lo necesita antes. Pero cada ser humano es distinto, y no es posible que todos requieran otros alimentos precisamente el mismo día. Si el chico está sano y feliz, y crece y se desarrolla bien (y a esta edad engordan siempre muy poco), es que está comiendo todo lo que necesita.
¿Puede tomar jugos?
Los jugos de frutas, aunque sean ciento por ciento naturales, o incluso hechos en casa, no son muy convenientes para los bebés. El problema es que en un vaso entran varias naranjas, nadie se comería tantas seguidas si tuviera que masticar. Algunos bebés toman jugo a todas horas, una mamadera tras otra, y eso puede producir diarrea crónica (por el exceso de azúcares naturales de la fruta) y les impide comer otros alimentos que también necesitan. Se recomienda no dar jugos antes de los seis meses. Después, como máximo, medio vaso al día. El jugo de naranja no es laxante, y no soluciona el estreñimiento.
Alternativas al puré:
Manzana o pera ralladas, raspadas o en finas rodajas, que pueda tomar con los dedos.
Banana. Al principio podemos dársela aplastada, pero pronto es posible que quiera chupar la banana que estemos comiendo. Hay que vigilar que no muerda un trozo demasiado grande. Acompañado de galletita, todo machacado o a mordisquitos, es una rica papilla.
Arroz hervido, un poco pasado para que esté más blando. Se puede aplastar con el tenedor y agregar un poco de aceite de oliva para darle sabor. Si a la semana siguiente se lo mezcla con queso fresco, ya tenemos una nueva variante. Papa, zanahoria u otra verdura, aplastada con el tenedor o en trocitos. La ensalada rusa, sin atún ni mayonesa, resulta ideal. No se introducen todas las verduras de golpe, sino una cada semana. Zanahoria cruda rallada, rica en vitamina A; también podemos cortarla en finísimas rodajas.
Pechuga de pollo picada. Se pasa por la sartén con un poco de aceite, y quedan unas sabrosas bolitas de pollo para tomar con los dedos. Sopa de letras o fideos. Al principio se sirve la pasta hervida en agua, y después en caldo, bien escurrida. Que sea ciento por ciento sémola de trigo, sin huevo.
Gajos de naranja o mandarina. Se sujetan firmemente y se deja que el bebé chupe la punta. Más adelante podrá comerlos en trocitos.
Garbanzos, lentejas, porotos… aplastados con el tenedor o enteros, para que los tome con los dedos. Patitas de pollo. Puede chupar el muslo y mordisquear la carne.









