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Retos para dos, al amigo invisible

Retos para dos
Un tipo más es el que podríamos llamar “hijo adoptivo”. Este se lleva los sermones que el niño ha recibido previamente de papá y mamá. No es raro pre-senciar cómo le advierte con detalladas instrucciones sobre cómo debe y no debe comportarse. Repitiendo a su vez lo que antes le han dicho a él, el chico pule las reglas de conducta que está en trance de asimilar. Además, se siente importante y, por una vez, es él quien impone las normas. En otras ocasiones hace de papá benévolo que mima o cuida a la imaginaria criatura que depende de él.
Y por último está la variedad que podríamos llamar “amigo fiel”. Su misión es dar compañía, y por eso parece darse más en hijos únicos o niños sin hermanos próximos en edad. No debemos asustarnos de estos miembros supernumerarios de nuestra familia que un buen día se irán por donde han venido. Años de-pués serán recordados con cariño, porque ellos, como los juguetes y muñecas, habrán ayudado a nuestros hijos en la ardua tarea de crecer.

Cuándo hay que alarmarse

Cuándo hay que alarmarse
■ No hay nada que oponer a los amigos invisibles, siempre que el niño no se pase todo el tiempo sumido en esas fantasías o las viva de un modo demasiado intenso. Esto nos indicaría que le cuesta adaptarse a lo real.
■ Algunas escapadas a la fantasía son saludables pero, si el chico se deshace en lágrimas porque su amigo invisible se ha caído en el colegio, debemos encender la luz de alarma. Una cosa es demostrar imaginación y otra vivir en lo imaginario. En este caso debemos preguntarnos cuál es la circun-tancia que le hace a nuestro hijo la realidad desagradable y lo impulsa a refugiarse en un mundo ficticio.
■ Pensemos también que la imaginación hay que equilibrarla con la contrapartida de la acción. El chico debe hacer cosas y mantener amigos reales.

Los amigos invisibles

Ni anormales ni inadaptados
Algunos padres se preocupan porque creen que tener amigos imaginarios es propio de chicos raros o inadaptados. Pero, según estudios realizados en Estados Unidos, los chicos que poseen un compañero invisible suelen ser más independientes, solidarios, felices, menos agresivos y, además, tienen un vocabulario más rico.
Asimismo los niños distinguen bastante bien el carácter imaginario de estos personajes. Aunque insistan en su existencia real, en el fondo saben que son producto de su fantasía. Y los padres disponen de un buen recurso para entender la existencia de estos convidados de piedra: fijarse en la función que cumplen para su hijo.
Por ejemplo, están los que lo pueden todo. Son como un héroe o un hermano mayor, como un Superman protector que viene a sacarlos de apuros. Con poderes mágicos o sin ellos, poseen recursos y habilidades de las que carece quien los concibe. Son valientes, arrojados, no temen a los monstruos ni a las brujas. Cumplen la función de darle al chico una sensación de poder y de control sobre situaciones que lo desbordan. Como Sebastián, cuyo amigo Yak se encarga de espantar a todas las brujas y ladrones que osen perturbar sus sueños. O como Ignacio, que tiene el privilegio de que el gran perro alado de su película preferida, abandone la pantalla para venir a dormir a los pies de su cama.
Otro tipo de amigo invisible es el que “paga el pato”. Bien conocido de algunas mamás, es el que carga con las culpas de haber vaciado el frasco de mermelada, roto el jarrón del pasillo o bañado al gato. Mediante este recurso tan sencillo, el niño trata de ahorrarse el tener que dar engorrosas explicaciones. Cuando Diego pretende que fue el León quien se comió todas las galletitas que había en la lata, no podemos culpar a su mamá si cree percibir en tal pretensión una descarada mentira. Si lo pensase, podría admirar su arriesgado empeño en preservar su buena imagen. Para buscar mas informacion entrar a Educacion Infantil

Amigo imaginario

Una edad mágica
Existen amigos invisibles de muchas clases y cumplen, como veremos, muy diversas funciones. Pero todos tienen en común el aparecer en esta etapa “mágica” de los niños.
Esta edad, propensa a su aparición, es la misma en que los chicos descubren y se entregan con intensidad a todo tipo de juegos de simulación: bomberos, piratas, princesas… Transitan con libertad de lo real a lo imaginario, de lo posible a lo imposible. La fantasía es una gran proveedora a la que recurren para la satisfacción de sus deseos. Gracias a ella, ponen los cimientos de la capacidad de crear, de imaginar, de ir más allá de lo evidente y lo inmediato, sin la que los humanos no seríamos lo que somos.
Así que en esta edad en la que hay lugar para tantas cosas fantásticas, caben también estos personajes, que alcanzan su apogeo entre los tres y los cinco años, para desaparecer hacia los seis cuando llega la “edad de la razón” y (como los Reyes Magos, las hadas y tantos otros) pasan a engrosar el baúl de los recuerdos infantiles.
Los amigos imaginarios cumplen muchas funciones. Dan al pequeño un sentimiento de poder y control, ya que puede mandar sobre ellos. Están disponibles cuando no hay compañeros con que jugar y, además, se les puede echar las culpas de las travesuras.

El amigo imaginario

Hay que ser tolerantes
No debemos ridiculizar a nuestro hijo ni decirle que miente por tener un amigo imaginario. Seamos tolerantes y respetuosos. Incluso podemos entrar un poco en el juego, pero sin llevarlo demasiado lejos. No es necesario hacerle sentir que nos engaña. En realidad, él sabe, en el fondo, que está jugando a “como si” ese amigo existiese. Establecemos así una complicidad con él y permitimos que desarrolle el saludable ejercicio de entrar y salir de la fantasía. Cuando el pequeño pretende culpar al compañero invisible de una travesura suya, podemos decirle: “Ya que fue tu amigo quien lo hizo, procura que no lo vuelva a hacer”.

El amigo invisible

Dic y Alejandro son dos intrigantes personajes que viven en casa y, sin embargo, tienen la particularidad de ser invisibles para todo el mundo. Aunque nadie lo diría, a juzgar por la naturalidad con la que los trata Axel, el más pequeño de la familia.

Interesantes diálogos a la luz de la fantasía
Son las nueve de la noche. Axel se asoma a la puerta de su habitación y dice: “Nic, te dije que es hora de dormir”. Vuelve donde está mamá, pero enseguida se detiene de nuevo: “Pero… Ahora es Alejandro”. Regresa un poco contrariado y adopta un tono paternal: “No hay que tener mieeeeedo. Vamos, a dormir, ¿eh?”.
La mamá de Axel asiste divertida, pero también un poco perpleja, a todo este monólogo. Y no es casualidad que esta escena se desarrolle justo
unos minutos antes de que sea a Axel a quien le toca acostarse. A él también le cuesta quedarse solo, a veces tiene miedo y llama a mamá.
Los amigos invisibles de Axel “duermen”, además, en una habitación distinta de éste. “¿Por qué no duermen contigo en tu cama?”, pregunta mamá. “No, no, tienen que dormir en su habitación” La cosa se explica fácilmente si tenemos en cuenta que el propio Axel tiene que renunciar a dormir en la habitación de sus padres.
A esta edad lo real y lo imaginario están muy entrelazados. Entre otras múltiples manifestaciones normales de la fantasía infantil, algunos chicos se crean un amigo imaginario con el que comparten sus juegos y con el que hablan sobre los sucesos del día. Algunos padres llegan a inquietarse cuando encuentran a su hijo enfrascado en animada conversación con un ser invisible (aunque a veces puede concretarse en el peluche o la muñeca) o soltándole el mismo rezongo que a él le tocó un rato antes.
Estos amigos, por invisibles que sean, adoptan a veces una sorprendente corporalidad. Como Andrea, la amiga invisible de Florencia, a la que ésta hacía lugar para que pasase por las puertas. También pueden presentarse a pares, como hemos visto en el caso de Axel. Algunas veces son personajes de ficción, héroes de las películas o de los cuentos infantiles. Otras veces nombres inventados por ellos. Es el caso de Luli y Noli, los
amigos imaginarios de Miguel. Hablaba de ellos con tal convicción que su maestra jardinera llegó a creer que se trataba de unos amigos de la familia.
Y no sólo tienen nombres, sino también personalidades y rasgos físicos definidos, y algunos hasta manías. A veces pretenden ocupar su lugar en la mesa, y no se les puede servir cualquier cosa ni tratarlos de cualquier manera, porque los hay muy susceptibles.