En torno al habla pueden surgir algunos problemas e interrogantes. Algunos padres quieren saber si deben corregir el lenguaje infantil del niño o, por el contrario, hablar también ellos este mismo lenguaje. Ni lo uno ni lo otro. Los niños en edad preescolar ya no hablan como un bebé, pero hasta los cinco, seis y más años cometen aún muchos errores. En vez de corregirlos o exigir una buena pronunciación, es más aconsejable pasar estos errores por alto, pero procurando al mismo tiempo contestarles en un lenguaje lo más correcto posible. Así ellos mismos se dan cuenta y repetirán la próxima vez la palabra o la frase como la han oído anteriormente. Las correcciones quitan espontaneidad a los relatos de los niños; se sienten irritados si les interrumpimos. Lo mismo nos pasa a los adultos al hablar un idioma extranjero. Mientras estamos en clase o sabemos aún muy poco agradecemos si nos corrigen, pero si hablamos ya bastante bien —tan bien como un niño de cuatro o cinco años habla su lengua materna— las interrupciones nos ponen nerviosos, porque al expresar lo que pensamos o opinamos, nos importa más el contenido que la forma.
Las correcciones y también el terminar una frase incompleta del niño —a lo que muchos padres están bastante aficionados— encierran aún otro peligro: que el niño empiece a tartamudear.
Un pequeño llega corriendo al salón donde su madre está leyendo: «Mamá, mamá, en la cocina está… está… en la cocina… ¿no lo oyes?». La madre, impaciente: «Sí, ya sé que he dejado la ventana abierta. Es el viento. Anda, vete y no te preocupes».
Pero lo que el niño había oído no era el batir de una ventana, sino el canto de un grillo. ¡Un grillo en la cocina! El acontecimiento le ha emocionado. Además, no se acuerda cómo se llama ese bicho que chirría de forma tan particular, porque sólo lo ha oído una vez, el verano pasado en el campo.
La emoción, la prisa por contar algo inusitado, puede hacerles titubear aún mucho más. de manera que parece un auténtico tartamudeo, lo que, si se repite, suele asustar bastante a los padres. Sin embargo, se trata de algo normal en un niño de cuatro o cinco años. A esta edad piensan más deprisa de lo que pueden hablar. Sobre todo cuando están excitados o asustados, las palabras no les salen, o les salen atropelladamente. Si los padres se asustan o enfadan, tratarán de «ayudar» o «corregir» al niño, terminando sus frases, haciendo que las repita o pidiéndole que tenga calma. Sin embargo, los que tienen que tener calma son ellos. Su hijo está atravesando una fase
que pasará por sí sola si tienen paciencia. Si regañan a su hijo, si permiten que otros se burlen de él o si hablan en presencia del niño de «su problema», sólo conseguirán transmitir sus angustias al niño, convirtiéndole en tartamudo real.
La tartamudez no siempre empieza así y también puede tener otras causas. Cuando el niño ya ha hablado fluidamente y empieza a tartamudear después de los seis o siete años, o cuando el tartamudeo sólo aparece en determinadas situaciones, el pequeño presenta un problema real. Está lanzando un mensaje de angustia, cuyas causas los padres no siempre pueden descubrir. Cuanto antes lleven a su hijo a un psicólogo infantil, más esperanzas pueden tener de que se resuelva pronto este problema.
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Problemas para hablar
Lunes, 23 de Agosto de 2010Sólo hablando se aprende a hablar
Viernes, 20 de Agosto de 2010Sólo hablando se aprende a hablar
El niño que está aprendiendo a hablar realiza una hazaña intelectual enorme, posiblemente la mayor de su vida. Los estudiosos en el tema han averiguado que un niño de cuatro años aprende cada día unas diez palabras nuevas, sin hablar de la gramática, la construcción de las frases y la vocalización de las palabras. Y todo esto sin ningún aprendizaje propiamente dicho, sólo oyendo hablar. Ahí es donde empieza la importancia de la actitud de los padres. No le pueden «enseñar» a hablar, pero sí ofrecerle un ambiente donde se hable mucho. A menudo se ha dicho que la «igualdad de oportunidades» ya empieza a
fallar antes de que el niño vaya a a escuela, incluso siendo la enseñanza no sólo gratuita sino también idéntica en todos los centros. Esto se debe precisamente al ambiente lingüístico en que el niño se críe. Un niño con un amplio vocabulario siempre estará en ventaja frente a otros que conocen menos palabras, con la consiguiente disminución de su capacidad de comprensión.
Es cierto que no todos los padres tienen el mismo nivel cultural, ni en todas las casas entran libros o se oyen conversaciones eruditas. Pero también los padres con pocos medios, una vez conscientes de la importancia de un vocabulario rico, pueden hablar con sus hijos. La madre puede contar al pequeño todo lo que está haciendo en casa, nombrándole los objetos que está limpiando o enumerando los ingredientes que está echando a la comida. Puede llevarle al mercado y llamarle la atención sobre las rojas cerezas, las verdas manzanas, la fresca lechuga, el brillante pescado… Y en la calle o el parque hay tanto que ver y contar. El niño está encantado de que todo tiene un nombre. En realidad, aprende a conocer el mundo porque todas las cosas tienen nombres. Para mas informacion sobre educacion infantil podes entrar a Educacion Infantil
El aprendizaje
Jueves, 19 de Agosto de 2010La ya mencionada educadora Elisabeth Dessai cuenta cómo su hijo Anand, de casi cuatro años, aprendió a utilizar el teléfono: «Justo cuando me encontraba en la bañera me acordé de que tenía que llamar a mi marido. “Por favor, ¿puede hacerlo alguien por mí?” Anand acudió entusiasmado: “¡Yo, yo!”. Le expliqué que cada persona tiene determinado número. “¿Cuál es el de papá?” Nombré despacio cada cifra, y a la tercera repetición el niño ya las sabía de memoria. Corrió al teléfono, pero cuando levantó el auricular se dio cuenta de que todavía no sabía leerlas. Después de vestirme le enseñé los números en un calendario y después se los apunté en un papel. A partir de entonces, Anand telefonea todos los días a su padre. En muy poco tiempo aprendió los números de 0 a 9».
El ejemplo muestra de forma ideal cómo se evitan los principales errores. Primero, nadie forzó al niño a aprender los números. Lo hizo por propio interés, porque quería llamar a su padre. Necesitaba conocer los números para poder telefonear. Segundo, nadie le frenó en su intento, diciéndole: «Pero si tú no sabes». Le dejaron descubrir a él solo que para poder telefonear le faltaba un elemento, el poder leer los números en el dial. Por último, el hecho de que la madre se acordase precisamente en la bañera hace suponer que lo tenía un poco premeditado: seguramente quería darle pie para que se interesase por el teléfono. Estos «empujoncitos» me parecen totalmente lícitos, ya que son algo muy distinto a una enseñanza forzada. El niño igualmente podía haber pasado por alto la velada invitación, y lo habría hecho si su desarrollo individual no le hubiese puesto en condiciones de interesarse justo en este momento por el teléfono y, como consecuencia, por los números. Otra madre, teniendo en la cabeza la misma idea de la conveniencia de que su hijo aprendiese a telefonear, quizá le hubiera comprado un juego didáctico para enseñarle los números sistemáticamente. Es casi seguro que no hubiese tenido el mismo éxito, por faltarle al niño una motivación fuerte, salida de sí mismo.
Hay muchas ocasiones para aprovechar el interés del niño. Por ejemplo, cuando le mandamos con una moneda de 25 pesetas a comprar una barra de pan de quince. El niño (cuando ha llegado su momento individual de hacerlo) volverá intrigado: ¿Cómo es posible que por una sola moneda le devuelven dos y encima le dan una barra de pan? Una ocasión propicia para enseñarle cuántos duros «caben» en una moneda de 25 pesetas. Una vez sensibilizados los padres, descubrirán muchas ocasiones más.
Pero que el promotor de todo aprendizaje sea siempre el interés del niño. Por eso hay que tener cuidado con los elogios. Claro que nos alegraremos con cada nuevo logro, igual que se pone contento el niño. Pero los elogios y alabanzas exagerados les pueden hacer cada vez más ávidos de admiración. Algunos niños sólo aprenden para cosechar elogios y. al principio, avanzan realmente rápido en sus conocimientos y habilidades. Pero los adultos no siempre les pueden prestar la atención que están ansiando, además de que no toda la vida seguirán siendo «el rey de la casa». Algún día se relacionan con otros niños; van a la escuela donde ya no serán los únicos «listos». La desilusión puede volverles apáticos o. por el contrario, convertirlos en pequeños payasos que recurren a las tonterías para obtener la atención que ya no reciben por su éxitos reales. El más pequeño logro, conseguido por el niño mismo, es más valioso que los resultados de una instrucción forzada. Además, el desarrollo de la inteligencia no sólo incluye el aprendizaje sino también el madurar. Las horas tranquilas en que el niño aparentemente no hace nada, tarareando una canción o «mirando las musarañas» no están perdidas: está asimilando todo lo que ha aprendido y cogiendo fuerzas para lo nuevo que está aún por venir.
Sobrealimentación mental
Miércoles, 18 de Agosto de 2010Sobrealimentación mental
Si las limitaciones al espíritu de investigación de los niños subalimentan su mente, la impaciencia y la ambición la sobrealimentan. El niño se empacha y se niega a colaborar, igual que un niño sobrealimentado físicamente rechaza la comida o vomita. Un padre impaciente regala a su hijo de tres años un complicado mecano. Ahora que ya es «grande» quiere enseñarle a construir grúas y puentes. Quién sabe, quizá incluso puede aprovechar la ocasión para explicarle cómo funciona una palanca. El niño mira un rato, trata de apretar algún tornillo, se equivoca, el padre le corrige… Finalmente, el niño se queda al margen, mirando un libro de láminas. El padre se siente profundamente desilusionado. ¡Ahora que se había tomado el tiempo para jugar con su hijo!
La equivocación estaba menos en el juguete demasiado difícil que en la impaciencia de querer enseñar al niño a construir algo «correctamente». Si le hubiera dejado jugar a su manera, las primeras construcciones habrían sido monstruos fantásticos, sin parecido alguno con un puente o una grúa. Pero hubiera aprendido a apretar tornillos, y en algún momento hubiera construido una mesa u otro objeto sencillo.
Una madre que ha comprado a su hija de cuatro años un juego de letras para enseñarle a leer, se queja: «No sé si la
niña es tonta o qué. Trabajo con ella todos los días, pero no se acuerda ni de una sola palabra». ¿Por qué iba a hacerlo si resulta tan aburrido juntar cada día taquitos hasta formar una fila que. según la madre, significa «p-e-r-r-o» o «c-a-s-i-t-a»? Los niños aprenden mucho mejor de forma espontánea.
Para fregar el suelo de la cocina, mi madre solía sentarme en un aparador que en su parte alta tenía botes con inscripciones como «harina», arroz», «azúcar», etc. Yo le preguntaba qué significaban las letras y levantaba las tapas para ver si efectivamente había harina o azúcar, aprendiendo poco a poco a reconocer las mismas letras también en otras palabras. (Esta no es la forma ideal de enseñar a leer a los niños; lo positivo estribaba en que el interés saliese de la niña y no de la madre).
Por causas familiares empezé el colegio muy tarde; casi ya tenía siete años. Aparentemente había olvidado esas primeras letras, pero después de un mes ya leía libros enteros (incluso prefería los que no tenían ilustraciones, por una parte, porque me restaban lectura, pero sobre todo, porque eran mucho más bellas las princesas de mi fantasía que las dibujadas).
Los niños a los que se les deja conquistar su mundo tranquilamente, aprenden con suma facilidad lo que realmente les interesa. Tenemos que ofrecerles un ambiente rico, es cierto, pero no hace ninguna falta colmarlos de juegos didácticos ni abrumarlos con enseñanzas prematuras y forzadas.
Muchos juguetes y libros infantiles se venden con la indicación «A partir de 4 años» o «Para niños entre 5 y 7 años». Muchas veces me he preguntado quién lo decide, ya que la experiencia me ha enseñando que, si hacemos casos a estas indicaciones, unas veces nos quedamos cortos mientras que otras no llegamos. Algunos niños son precoces en un sentido y atrasados en otro. Con juguetes no demasiado caros podemos ofrecerles varias alternativas, por ejemplo, comprando un puzzle muy simple, otro mediano y un tercero ya bastante complicado. Otro tanto se puede hacer con los libros infantiles. Puede ocurrir que nos llevemos una pequeña sorpresa al constatar que nuestro hijo, teniendo oportunidad de elegir por sí mismo, es más avanzado de lo que indican los fabricantes y editores.
Por otra parte, tampoco importa si alguno de los objetos que le ofrecemos no despierta su interés en este momento. Simplemente lo dejaremos a su alcance hasta que llegue el tiempo adecuado.
Para un niño en edad prcescolar puede ser conveniente que aprenda ciertas habilidades útiles para la vida cotidi-na, por ejemplo llamar por teléfono o manejar cantidades de dinero. También aquí no conviene forzar nada,pero sí estar atentos para aprovechar la ocasión de enseñarle cuando se muestre interesado.
Las curiosidades del niño
Martes, 17 de Agosto de 2010La segunda manifestación de la curiosidad del niño son las preguntas. Alrededor de los tres años pregunta tanto que se habla incluso de una «edad interrogatoria». No siempre resulta fácil encontrar una respuesta, porque preguntan realmente de todo, desde «¿Cómo se hace la lluvia?» hasta «Si no fuera tu hijo, ¿el hijo de quién sería?» o ¿«Los animales saben hablar?».
Claro que las respuestas, además de ser sinceras, tienen que adaptarse a la edad del niño. Ni le echaremos un discurso sobre la evaporación del agua y su condensación (en este aspecto, a muchos hombres les gusta lucirse) ni le diremos que un angelito está echando agua con una regadera. Algunos padres rechazan las preguntas incómodas con un «ahora no tengo tiempo», pero también hay otros que, alegrándose de tener un hijo tan espabilado, se apresuran a contestar también aquellas preguntas que el niño formula por puro aburrimiento o para llamar la atención. En este caso, el pequeño no se vuelve más inteligente sino todo lo contrario: deja de pensar por sí mismo. Podemos volverle al buen camino con una contrapregunta: «¿A ti, qué te parece?» (Por cierto, se nota muy bien si un niño de verdad quiere saber algo o si sólo pregunta por preguntar).
Algunas veces, los padres pretenden callar a su hijo con un «no seas curioso» o «para eso eres aún demasiado pequeño». La curiosidad es una virtud sin la cual la humanidad todavía viviría en cuevas. Si un niño es capaz de formular determinada pregunta, también está en condiciones de recibir una respuesta. La misma pregunta señala que el pequeño ha estado dando vueltas al asunto: a veces ya intuye la respuesta y sólo quiere que los padres se la confirmen o amplíen. ¿Y si los padres mismos no saben la respuesta? Pues no hay más remedio que decírselo al niño. No hace ninguna falta que los padres sean infalibles. Pero pueden señalarle al niño que no se trata de algo sin solución: «Yo no lo sé, pero podemos preguntar a la abuela (o a papá o al tío Juan) que entiende de estas cosas». Y naturalmente, también se puede mirar un diccionario o una enciclopedia y traducir luego la respuesta al nivel de comprensión del niño.
El desarrollo y la estimulación en el niño
Martes, 17 de Agosto de 2010La inteligencia necesita ser abonada
¡Niño, no seas curioso!
El desarrollo y la estimulación de la inteligencia están tan entrelazados con la vida cotidiana del niño que ya hemos hablado de este tema en casi todos los capítulos anteriores. Hablar y jugar, cantar y leer cuentos, ofrecerle un ambiente rico en estímulos… todo ello abona su inteligencia innata. A partir del tercer año también crece su memoria consciente, su sentido del tiempo se amplía, y su concepto del espacio se hace cada vez más exacto. Igualmente aumenta su capacidad de concentración; ya se puede dedicar a una tarea concreta durante más de media hora, sin distraerse con otras cosas.
El gran promotor de la inteligencia del niño es su curiosidad, y esta curiosidad se manifiesta principalmente en dos actividades: en probar y en preguntar. El niño, cuya mente apenas comienza a funcionar de forma abstracta aprende, sobre todo, actuando, tocando y manejando las cosas. Aquí los padres (y también los colegios) cometen muchos errores, en parte forzados por una vivienda pequeña y una economía que no permite que la curiosidad del niño, por muy positiva que sea en sí, rompa objetos que han costado dinero. Sin embargo, quedan muchas cosas que podemos hacer. La mayoría de los objetos que tenemos en casa no son tan frágiles que no los pueda manejar un niño, si le enseñamos cómo debe hacerlo.
No me acuerdo exactamente a qué edad, pero en algún momento todos mis hijos empezaron a aporrear mi máquina de escribir, un aparato siempre a mano y demasiado tentador como para dejarlo en paz. Como es obvio, no quería que mi «herramienta de trabajo» se estropease, pero luego pense que en realidad, unos deditos de niño no podían causar grandes males, además de que una eventual reparación sería mucho menos fastidiosa que el constante prohibirles algo tan interesante. Sólo les exigí que se sentaran formalmente, con un folio puesto, para escribir «como mamá». Resulta que después de veinte años, esta misma máquina sigue aún funcionando (estoy escribiendo con ella), con poquísimas reparaciones. Además, los tres chicos aprendieron sus primeras letras a través de este «juego», y los tres escriben hoy bastante bien a máquina.
Desarrollo infancia
Martes, 30 de Junio de 2009Lo que nuevamente queda a las claras sigue siendo la necesidad imperiosa de seguir pensando, incluyendo las diversas lecturas que las distintas disciplinas pueden aportar.
Recurrir a la historia, por eso, deviene imprescindible, en un proceso de espiral dialéctica, retomando antiguas pero vigentes problemáticas en torno al tema de la adopción, ya abordadas en las jornadas anteriores:
¿qué pasa con el poder y el no poder y la adopción?
¿qué pasa con las éticas y la adopción?
¿qué pasa entonces con los nuevos enigmas en la adopción?








