Cuando tienen alrededor de un año necesitan dormir unas 14 horas en total. De ellas, dos y media durante el día (progresivamente por la tarde).
Con año y medio duermen unas 13 horas y media, de las cuales dos suelen transcurrir en horario vespertino.
A los dos años, su organismo necesitará descansar 12 horas por la noche y otra hora y media más después de comer.
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Hay que estimular todos sus sentidos.
Durante la infancia es cuando el cerebro pone a punto sus conexiones, por eso es tan importante estimular los sentidos del bebé. Para conseguirlo no hace falta que su habitación sea un parque de diversiones; jugar con él a esconderse, al arre, caballito, cantarle o leerle en voz alta es la mejor estimulación. Igual de importante es saber cuándo tiene suficiente y necesita que lo dejemos tranquilo (nos lo hará saber, por ejemplo, resistiéndose a mirarnos).
Ser flexibles.
Que no es lo mismo que consentirle todo. Es el consejo más abstracto, pero en realidad se compone de cosas muy concretas: las que acabamos de enumerar. Recordemos que los padres más flexibles son los que tienen chicos menos caprichosos.
No se trata de acostumbrar al chiquito a que haga lo que quiera. Son los padres quienes deben llevar las riendas, pero con la habilidad de no apabullarlo ni pelear constantemente, haciéndolo sentir que se lo tiene en cuenta y que tiene algo que decir.
Es cuestión, en definitiva, de hallar un punto medio entre no tratarlo como a un bebé, pero tampoco como a un chico grandecito, de conciliar su demanda de independencia con su necesidad de ayuda y control. Démosle una mano cuando desee experimentar por sí mismo, asegurándolo contra el desastre: por ejemplo, enseñándole a abrir el paraguas lejos de su cara para no dañarse. Y no le prohibamos todo sistemáticamente. Acondicionemos la casa para evitarle riesgos y distingamos los peligros reales de los imaginarios.
Claro que habrá veces que todas las recetas fallen y estalle una rabieta. No hay que perder la calma: a esta edad alguno que otro berrinche entra dentro de lo normal.
No “engancharse” en disputas. A veces, el simple hecho de dejar de prestarle atención momentáneamente
Sus ansias de independencia y su curiosidad lo impulsan a hacer cosas solo. Si no corre peligro, dejémoslo experimentar. Así favoreceremos su sensación de que es competente. hace que sus negativas se evaporen.
• Ceder alguna vez. En ciertas ocasiones los enfrentamientos se producen por tonteras. Una concesión de vez en cuando, en temas intrascendentes, no derrumbará nuestra autoridad ni convertirá al chico en un tirano.
Con la palabra “no” siempre en la boca
El problema es que a esta edad la palabra “yo” está indisolublemente unida, como si fueran hermanas siamesas, a la palabra “no”. Esta sí que la pronuncian. ¡Vaya si la pronuncian! El sentimiento de identidad personal se apoya en el sentimiento de tener deseos y voluntad propios. Si el chico se dejase llevar siempre, nunca alcanzaría a saber si realmente tiene deseos e intenciones propias. Así que decide ejercer su voluntad, y el modo más claro de sentir que se tiene una voluntad propia y diferenciada de las otras personas es precisamente diciendo “no”.
De repente empiezan a disparar no es como si fuesen una metralleta. “¿Vas a tomar un yogur?”. “No”. “¿La blusa azul?”. “No”. “¿Te pongo los zapatos?”. “No”. “¿A la guardería?”. “¡Nooooo!”. Los chiquitos de dos años tienen días terribles, implacables, espantosos. Algunos padres que no están avisados creen que han traído al mundo a un verdadero monstruo.
Por suerte no es así a todas horas, y esta crisis de oposición durará sólo unos meses, al menos en su fase más aguda. Es un sarampión tan necesario como pasajero, pero mientras dura necesita a unos padres repletos de humor y comprensión.
Las palabras “yo” y “no”, además de ser siamesas, tienen un primo hermano, que es la palabra “mío”. Un chiquito de dos años tiene un acentuado sentido de la propiedad. Es normal que, al estar tan embargados por el sentimiento del “yo”, se aferren tan denodadamente al posesivo de la primera persona del singular: “mío”.
Cuando Kevin se atraganta pretendiendo comerse entero su chupetín con tal de no dar ni un trocito a su prima Aldana, las teorías que expusimos antes cobran cruda realidad. Y si sólo se tratase de no ceder las cosas propias, todavía. El problema es que también tratan de apropiarse de lo ajeno. Lo mío es mío, y lo tuyo, si puede ser, también. Con estas discrepancias sobre el tema de la propiedad, no es raro que debamos tener mucho cuidado cuando coinciden dos o más chicos de esta edad. Pongámoslos juntos al lado de un solo juguete atractivo, y veremos lo que sucede.
Llamarlos egoístas sería excesivo. En una persona mayor un comportamiento así sería signo de inmadurez, pero a esta edad es lo normal, lo
que corresponde, aunque también en muchas ocasiones puedan mostrarse complacientes y colaboradores. Aún tardarán en descubrir los derechos de los demás.
Y, sin embargo, en esta etapa tendrán que iniciar también el aprendizaje de la sociabilidad, sea en la plaza o en el jardín maternal. Todavía les
cuesta mucho cooperar y compartir cuando los juntamos con otros chicos, pero debemos proporcionarles estas situaciones para que vayan aprendiendo a adaptarse a los demás. Aunque hay que estar alertas, porque de la indiferencia o el besuqueo pueden pasar a la batalla campal. Hasta cerca de los tres años no aprenderán a disfrutar jugando en compañía, y será entonces cuando empiecen de a poco a compartir juguetes.
Son terribles porque están creciendo.
Al cumplir dos años, el chiquito ha multiplicado por cuatro el peso que tenía al nacer. Aquellas encías desnudas se han poblado de dientes y están a punto de salirle las últimas muelas. Ya puede correr, saltar, trepar…
Sí, diremos nosotros, corre y salta, pero se cae con frecuencia y se hace chichones en la frente. Sube escaleras, pero apoyando los dos pies en cada escalón. Cuando patea la pelota, su trayectoria y las consecuencias son imprevisibles. Trepa a las sillas, pero igual que les pasa a ciertos gatos intrépidos cuando se suben por primera vez a un árbol, después tenemos que ayudarlo a bajar.
Eso a él le da lo mismo. Hace poco más de un año aún estaba inmovilizado en su cuna o empezaba a gatear, y hace sólo unos meses caminar de los brazos de mamá a los de papá era todavía una vertiginosa aventura. Pero ahora se siente tan fuerte y libre, se ve con tantas posibilidades, divisa tantas perspectivas… que toda aventura lo atrae y le parece posible.
Hay una palabra que ocupa el primer plano para los chiquitos de dos años, y es la palabra “yo” (aunque aún no la pronuncien). Se trata de un egocentrismo comprensible. Los chicos están construyendo su sentimiento de identidad personal. Tienen que delimitar muy nítidamente la frontera entre su propia persona y la de los demás. Están muy centrados en sí mismos, y es fácil observar que cuando se juntan varios pequeños de esta edad, en realidad no suelen jugar unos con otros, sino unos junto a otros.
Tanto si toma pecho como mamadera:
Los alimentos se ofrecen de uno por vez, con intervalos de al menos una semana. Es decir, una sola fruta, o una sola verdura, o un solo cereal. Si empieza con una mezcla de varios ingredientes, y le sienta mal (diarreas, alergias…), ¿cuál ha sido el culpable?
Se debe comenzar por cantidades pequeñas. El primer día, una cucharadita, a ver qué pasa. Si le sienta bien, el segundo día pueden ser dos o tres. Y después, las que quiera, que no serán muchas más, probablemente. No hay que forzar nunca al chiquito a comer. Pero sí conviene ofrecerle repetidamente los alimentos, aunque no los quiera. Los bebés suelen rechazar cualquier alimento nuevo, y los aceptan mejor si los ven con frecuencia y si sus padres los comen delante de ellos. Hasta el año seguiremos dándole como mínimo medio litro de leche por día, aunque algunos pequeños no lo terminarán. Los alimentos más alergénicos (leche y derivados, huevos, pescado, soja) conviene no darlos hasta el año. No se debe aderezar su comida con azúcar ni sal. No es que un poquito vaya a hacerle ningún daño, pero mientras tu hijo no sepa que existen, no los va a pedir. El objetivo es una alimentación sana a largo plazo; y para eso es mejor dos mordiscos de fruta que un plato en tero de fruta con azúcar. Si toma pecho, no es conveniente agregar leche artificial a los cereales, ni usar cereales lacteados. Tu hijo ya toma toda la leche que necesita, y de la mejor calidad; es absurdo daile otra inferior con los cereales. No hay que suprimir mamadas. Es posible tomar medio litro de leche con sólo dos mamaderas de un cuarto; pero no es posible mamar medio litro con sólo dos tomas al día. El bebé que sólo toma leche materna necesita mamar al menos cinco o siete veces al día, y si son más, mejor. Los otros alimentos se ofrecerán después de las mamadas.









