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Los beneficios de la siesta en los bebes

Les cae muy bien un ratito de sueño después de comer. ¿Qué beneficios les aporta? ¿Y si un día se niegan a hacerlo?
En tan sólo un año, los hábitos de sueño de los niños cambian bastante. Los primeros meses se la pasaban gran parte del día y de la noche durmiendo (bueno, de algunos pequeños no se puede decir tanto, la verdad); en cambio, ahora su pauta parece más madura: descansan poco menos por la noche y durante el día, cada vez con mayor frecuencia, disfrutan de una única siestecita.

Lo habitual es que a lo largo de estos doce meses el propio niño haya ido acortando el número de descansos diurnos de manera espontánea. En líneas generales, el reajuste suele evolucionar de la forma que se especifica en el recuadro de al lado.
¿Hasta cuándo conviene que se echen «una pestañita»? Hasta los tres años por lo menos. Es una costumbre saludable y necesaria (si no, se agotan y llegan rendidos a la cena). Por supuesto que la benéfica siesta infantil repercute también en los sufridos progenitores: es la mejor forma de leer Padres e hijos o el periódico con tranquilidad, echar una cabezadita delante de la tele o establecer un paréntesis para charlar con la pareja.

El bebe recien nacido

¿Existen los bebés anuncio?
Esos niños tan guapos, regordetes, sonrosados y felices de las revistas, ¿son de verdad?
Mas de una mamá se siente un poco mal cuando, después de dar a luz, le dan a su retoño y piensa, sin quererlo: «¡Dios mío, pero qué arrugadito está! ¿Va a ser así de feo cuando crezca?». Pero es de lo más normal porque, por mucho que digan que todos los bebés son guapos, lo cierto es que, al nacer, no se encuentran en su mejor momento.
¿A cuál de los dos se parece el niño?.
Suele ocurrir que, mientras permanece en la dulce espera, la futura mamá compre revistas sobre niños, mire anuncios sobre ellos, se fije en los hijos pequeños de las vecinas y llore con las películas donde los niños hablan y se llevan muy bien con los adultos que tienen alrededor. Y son realmente guapos todos esos niños, pero se nota que han pasado con creces la primera semana.
Hay que decir que, para todos los implicados, un bebé es lo más dulce del mundo, incluso antes de nacer. Mamá se pasa las horas muertas acariciando su vientre y soñando despierta con un bebé delicioso, todo sonrisas y amor. Se ve a sí misma presentándolo a la familia: todos mirando extasiados. Lo imagina dentro de la ropita nueva, resplandeciente de lo guapo que está. Es más, será un niño encantador, que se adapte al seno de maravilla y duerma casi toda la noche de un jalón.
Pero, a primera vista, observará con recelo que su piel tiene un sospechoso tono morado, que está arrugadito como un bisabuelo o que parece primo hermano del hombre lobo. Antes de renunciar a la carrera de modelo, consideremos por un momento el viaje que el pequeñín ha realizado: horas de rozaduras para atravesar un túnel minúsculo, contracciones violentas como terremotos y, lo que es peor, el mundo exterior, con todos esos gérmenes, el aire frío, la ropa…
Por si esto fuera poco, su pequeño cuerpo tiene que poner en marcha y ajustar diversos motores, como el aparato respiratorio, el digestivo; el sistema circulatorio… Está morado por el esfuerzo, con los ojos hinchados y semicerrados, y su piel tiene el aspecto de quien ha pasado demasiado tiempo en la bañera, con el agravante de no estar habituado a nada más.
El verdadero problema es, en realidad, el sentimiento de culpa. Una madre tiene la obligación de adorar a su bebé desde el primer día o, al menos, siente que la tiene. Todos dicen: «¡Es muy guapo!», y es por compromiso; pero ella se siente mal. Cuando el flechazo no surge, muchas mamas quedan desoladas, pensando que no están a la altura de las circunstancias, que serán unas madres horribles, incapaces de querer a sus hijos.
Sólo una semana para estar guapos.
En estos casos, toda la familia debe arroparla, con bromas y cariño, admitiendo que es adorable de lo feo que está y acompañarla en el primer susto. La buena nueva es que sus ríñones tardan pocos días en funcionar correctamente, con lo que la acumulación de líquidos se disipará, dejando su cuerpo liso y suave. Su piel se acostumbrará al nuevo medio y perderá el tono rojizo, manchas e imperfecciones, y su cabeza ya no parecerá un pepino. Su postura se corregirá y sus ojos serán menos sensibles a la luz, reapareciendo sanotes y luminosos. Y el lanugo (esa pelusa que el organismo crea para protegerse durante el parto) se le habrá caído. Entonces habrá que tomarle muchas fotos porque ¡ será el más guapo del mundo!

Niños sin caprichos

Ser flexibles.

Que no es lo mismo que consentirle todo. Es el consejo más abstracto, pero en realidad se compone de cosas muy concretas: las que acabamos de enumerar. Recordemos que los padres más flexibles son los que tienen chicos menos caprichosos.
No se trata de acostumbrar al chiquito a que haga lo que quiera. Son los padres quienes deben llevar las riendas, pero con la habilidad de no apabullarlo ni pelear constantemente, haciéndolo sentir que se lo tiene en cuenta y que tiene algo que decir.
Es cuestión, en definitiva, de hallar un punto medio entre no tratarlo como a un bebé, pero tampoco como a un chico grandecito, de conciliar su demanda de independencia con su necesidad de ayuda y control. Démosle una mano cuando desee experimentar por sí mismo, asegurándolo contra el desastre: por ejemplo, enseñándole a abrir el paraguas lejos de su cara para no dañarse. Y no le prohibamos todo sistemáticamente. Acondicionemos la casa para evitarle riesgos y distingamos los peligros reales de los imaginarios.
Claro que habrá veces que todas las recetas fallen y estalle una rabieta. No hay que perder la calma: a esta edad alguno que otro berrinche entra dentro de lo normal.

No discutir con los hijos

No “engancharse” en disputas. A veces, el simple hecho de dejar de prestarle atención momentáneamente
Sus ansias de independencia y su curiosidad lo impulsan a hacer cosas solo. Si no corre peligro, dejémoslo experimentar. Así favoreceremos su sensación de que es competente. hace que sus negativas se evaporen.
• Ceder alguna vez. En ciertas ocasiones los enfrentamientos se producen por tonteras. Una concesión de vez en cuando, en temas intrascendentes, no derrumbará nuestra autoridad ni convertirá al chico en un tirano.

Poner rutinas a los niños

Establecer rutinas.
A esta edad son muy amantes de la repetición, por lo que tener establecidos ciertos horarios y rituales (a la hora de acostarse, por ejemplo) facilita mucho las cosas.

Limites en los niños

Conducir al pequeño físicamente hacia la actividad que rechaza.

A veces funciona, pero hay que hacerlo sin discutir ni recriminarlo, evitando dar salida a nuestro enojo. Además, hay que elogiarlo enseguida.

Como hacer que tu hijo te haga caso

Ofrecer algo a cambio o resaltar alguna ventaja de que nos haga caso. “Es mejor que salgas del agua, porque empiezan los dibujos animados”, “Ya está en la mesa esa cena que te gusta tanto”. Pero no lo engañemos, porque la próxima vez no funcionará.

Como evitar caprichos de los niños

Esperar un poco antes de repetir una orden si no obedece enseguida. Nuestra insistencia inmediata puede fortalecer su negativa. Un minuto o dos antes de insistir pueden bastar para que acceda de buen grado.

Darle algunas opciones. “¿Te saco ya del agua o esperamos un poquito más?”, “¿Te pongo el babero verde o el azul?”… En realidad somos
nosotros quienes elegimos las opciones, pero el chico tiene el gusto de decidir.

Aprender a cuidar a tu hijo

• Avisar con tiempo. “Dentro de un ratito, nos vamos a casa”, “Vas a jugar un ratito más en el agua y después te saco”, “Pronto vamos a cenar”. Así es más fácil que se vayan haciendo a la idea.

• No interrumpir una actividad placentera si no es imprescindible. Si el chico está enfrascado en su juego preferido o acaba de descubrir algo muy divertido, es más probable que se resista a abandonarlo. Dejemos pasar unos momentos o tengamos la habilidad de dirigir su atención hacia otra cosa.

Negativismo del niño de dos años

Cómo salir indemnes de esta etapa.
El negativismo del chico de dos años, que en algunas de sus manifestaciones perdurará también en los años siguientes, puede afrontarse mediante distintas estrategias que suavicen los enfrentamientos y permitan tanto al hijo como a los padres salir airosos. Muchas veces, nuestro pequeño se encapricha en el “no”, pero en el fondo desea obedecer.
Veamos esas estrategias:
• Sugerir en vez de ordenar. También nosotros preferimos un jefe hábil y amable a otro que nos trate como si estuviéramos en un cuartel. Además, tenemos una ventaja sobre nuestro jefe: podemos pedir las cosas a nuestro hijo con una caricia y luego premiarlo con un beso por obediente. Todo eso hará las cosas más fáciles.