Les cae muy bien un ratito de sueño después de comer. ¿Qué beneficios les aporta? ¿Y si un día se niegan a hacerlo?
En tan sólo un año, los hábitos de sueño de los niños cambian bastante. Los primeros meses se la pasaban gran parte del día y de la noche durmiendo (bueno, de algunos pequeños no se puede decir tanto, la verdad); en cambio, ahora su pauta parece más madura: descansan poco menos por la noche y durante el día, cada vez con mayor frecuencia, disfrutan de una única siestecita.
Lo habitual es que a lo largo de estos doce meses el propio niño haya ido acortando el número de descansos diurnos de manera espontánea. En líneas generales, el reajuste suele evolucionar de la forma que se especifica en el recuadro de al lado.
¿Hasta cuándo conviene que se echen «una pestañita»? Hasta los tres años por lo menos. Es una costumbre saludable y necesaria (si no, se agotan y llegan rendidos a la cena). Por supuesto que la benéfica siesta infantil repercute también en los sufridos progenitores: es la mejor forma de leer Padres e hijos o el periódico con tranquilidad, echar una cabezadita delante de la tele o establecer un paréntesis para charlar con la pareja.









