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Familias adoptivas

Una visión desde la clínica
A continuación voy a hacer referencia a algunos aspectos generales sobre el tema basándome en experiencias clínicas con veinte niños, niñas y jóvenes latinoamericanos. Todos los nombres están cambiados y elijo no nombrar el país de procedencia para proteger la identidad de los niños y sus familias. Entre los casos que presentaré no hay ningún niño argentino. He trabajado en Noruega desde 1977, primero como maestra de lengua materna de niños hispanohablantes, en su mayoría refugiados chilenos. Luego, desde 1986 como psicólogo, especializándome en la clínica infantil y juvenil, sobre todo con familias y niños refugiados. Sucede entonces que hay quienes conocen mi nombre y me derivan chicos o familias adoptivas. Mi experiencia anterior con niños refugiados y sus familias ha sido de gran utilidad para comprender la problemática de los niños adoptados, ya que encuentro importantes paralelos mitre las experiencias de vida de estos niños y la de aquellos víctimas de la represión de distintos países de Europa. Asia. África y America (Carh, 1992).

La adopción de niños en Noruega

La adopción de niños en Noruega
La adopción de niños en Noruega se encuentra reglamentada por el Estado. Antes de ser aceptados para adoptar, una pareja debe pasar por una serie de entrevistas con el objetivo de determinar su motivación, aptitud, economía y vivienda, para ser padres adoptivos. Se le da prioridad a los solicitantes menores de cuarenta años para adoptar los niños más pequeños, y el trámite de adopción en sí lleva por lo menos de dos a tres años. Como no hay suficientes niños noruegos que puedan adoptarse, se aceptan adopciones del exterior, pero sólo si se llevan a cabo a través de los tres organismos privados —Adopsjonsforum, Verdensbarn e Inoradopt,— reconocidos estatalmente para facilitar adopciones. En 1997 hubo aproximadamente 12.000 niños noruegos adoptados en el exterior (en Suecia la cifra es de 37.000). La mayoría de los niños vienen de Corea, India, indonesia. Etiopía, China, y distintos países latinoamericanos, sobre todo Colombia, pero también Brasil, Perú, Costa Rica, Chile, Guatemala. Hubo catorce adopciones de la Argentina y algunas de Nicaragua.
Como consecuencia de las estrictas regulaciones (pie entre otras cosas tienen como objetivo impedir el tráfico de niños, es cada vez más reducida la adopción de bebés. Algunos países cobran honorarios extras por sus bebes, e incluso llegan a venderlos. Noruega rechaza este tipo de comercio y se adoptan a veces niños mayores de t res años. Muidlos de ellos con experiencias muy traumáticas: han sufrido pérdidas afectivas, han vivido en la calle, han sufrido vejaciones y maltratos de todo tipo.
Lamentablemente las investigaciones preadopción no están consecuentemente acompañadas del seguimiento necesario después de llevada a cabo la adopción, y los nuevos padres están a menudo solos cuando se trata de hacerse cargo de sus propias reacciones y las de sus lujos adoptivos. La adopción internacional es costosa —entre diez y quince mil dólares— y la mayoría de los matrimonios pertenecen a clase media alta o alta, y son personas de recursos económicos y profesionales holgados. Esto puede que contribuya a que traten de solucionar los pro-blemas familiares por cuenta propia, y/o a que los profesionales no les den la ayuda necesaria ya que los trabajadores sociales o psicólogos los consideran (amibas con buenos recursos humanos y materiales, y prefieren creer que los inconvenientes que relatan —problemas de conducta y escolares, rechazo a los padres, control exagerado, introversión— no son de mayor gravedad y serán superados con cariño y —a menudo enfatizan— límites claros. Como veremos, esto no es suficiente cuando los niños han vividos situaciones extremas de hambre, maltrato, pérdidas, vejaciones.
Mientras las investigaciones que se realizan en toda Escandinavia señalan que entre un setenta y un ochenta por ciento de los niños adoptados (Dalen y Saetersdal, 1992; Botvar, 1994; van der Lieth, 1997), tienen una adaptación sorprendentemente buena en la escuela, su vida social y de trabajo, otras investigaciones basadas en población clínica (Cederblad. 1991) muestran, sin embargo, que mientras antes de los doce años los jóvenes adoptados no se encuentran registrados entre los clientes de los policlínicos de psiquiatría infanto-juvenil tan a menudo como otros chicos suecos, a partir di1 los veinte años esta situación pareciera revertirse, ya que es de dos a tres veces más probable encontrarlos entre los clientes internados en instituciones psiquiátricas e institutos para tratamiento de problemas de conducta para jóvenes. Las interpretaciones de esos resultados simulan que posiblemente los padres tratan de ayudar al hijo/a por su cuenta mientras es pequeño/a pero que los eventuales problemas de este se agravan en la adolescencia requiriendo a menudo una internación.

Adopcion y restitucion

Aspectos de la restitución
Cuando se produce la restitución –proceso que en sí encierra alternativas dolorosas e imprevisibles— estas criaturas intentan volverse sobre si mismas’ para encontrar aquello que no le fuera impuesto por el deseo y el discurso de los apropiadores. ¿Qué es lo que podría encontrar alguien que se supone adoptivo al volverse sobre si mismo?
Desarrollé este tema en otro volumen’ al plantear que todo adoptivo atraviesa por esto momento significativo de la “vuelta sobre sí mismo” en busca de un horizonte que no sea el de sus padres adoptantes y que los condice a buscar datos acerca de sus orígenes. Esa búsqueda apunta a revisar sus lealtades, es decir, a reconocer cuáles serán las lealtades que le corresponden respecto de su familia de origen (padre, hermanos y otros familiares consanguíneos, ya que no de convivencia).
Durante la restitución, las situaciones vividas con los apropiadores parecen al mismo tiempo, cercanas y lejanas, debido a lo cual a menudo les resulta sumamente difícil re-colocarse en sí mismos y respecto de quienes son sus familiares consanguíneos. En realidad, los familiares que hicieron todo lo posible por lograr la restitución adquirieron vigencia de familiaridad más allá del vínculo de sangre: lo que los une a estos niños es su deseo de encontrarlos y rescatarlos.
Poroso motivo, entre otros, la memoria se torna para (dios en un derecho indiscutible e irrenunciable y las Abuelas como institución son la custodia de esa memoria. Y quien dice memoria dice narración. Una memoria activa capaz de reclamar sus derechos negándose a olvidar. La memoria activa es capaz de organizar los recuerdos, de modo que esa memoria convertirá a estos niños y a estas niñas en narradores de su propia historia, articulada con la historia que nosotros podremos contarles.
Los discursos de los apropiadores estuvieron en la formación de los mecanismos psíquicos de base, los fundadores de las huellas mnémicas; y una incógnita reside en imaginar cómo procesarán esas huellas y de qué manera organizarán sus procesos simbólicos.
Para ello será preciso que la nueva urdimbre que habrán de hilar, incorpore las voces de quienes no olvidan que sucedió durante los años del terrorismo de Estado. Contarles cómo se los llevaban. A quiénes?
A esos jóvenes, a esas jóvenes que en la alta noche conjugaban ideas y abrazos pasionales. Que concebían hijos mientras concebían utopías, es decir, deseos socializados.
Estas criaturas que las Abuelas buscan —y cuyo rescate es responsabilidad de todo el país— están vivos pero encarcelados, hasta que sea posible liberarlos.

Adopcion, apropiacion de niños

Los apropiadores apuestan a una lógica derivada de procesos complejos, que incluye la compasión por esa criatura. La compasión es un sentimiento cercano a la vergüenza y a la violencia; dichos apropiadores intentarían extirpar “el mal” que estos niños aportarían desde sus orígenes por ser hijos de quienes se consideraban enemigos de la patria según las creencias de las fuerzas de seguridad, y por otra parte, esa conmiseración encubre la compasión hacia sí mismos por no haber podido concebir y la envidia hacia los fecundos. Esta autocompasión es la que siente hacia ellos un sector de la comunidad cuando los compadece porque la ley indica la necesidad de restituir a esas criaturas a sus familias de origen y encarcelar a los apropiadores. Se trata de una lógica de la violencia que se enmascara en estas consideraciones hacia los apropiadores.
Por otra parte, es posible conjeturar que si se informa a los niños acerca de su origen, ellos retomen la línea política de sus padres y retornen en carácter de vengadores, como sucedió con Moisés y su liderazgo frente al pueblo judío sometido al poder de los faraones. Estaríamos ante una modalidad paranoica como estilo destinado a procesar el miedo por el robo del hijo, que encontramos en los adoptantes; pero en los apropiadores podemos suponer derivaciones delirantes, como las que en oportunidades padecen los carceleros que temen permanentemente la fuga o la burla de aquellos a quienes custodian.
La autocompasión encierra un circuito de lástima-violencia-muerte y secretos: esto último conduce a la necesaria alianza entre los miembros de la pareja de apropiadores dado que comparten un delito que uno podría utilizar contra el otro en caso de divorcio; una solidaridad engendrada en el delito.

Niño adoptado

El querer y el desear
Estos niños y niñas quieren a sus “padres” desde un amor ideologizado que sostiene la idea del bien tal como lo conciben los apropiadores: “Está con nosotros por su bien”, con lo cual carecen de la libertad para desear ser hijos de quienes los concibieron. El deseo de estos niños recien se gesta o se recupera con la restitución a sus familias do origen; mientras tanto carecen de su identidad.
Antes de nacer, ese niño o niña es para la madre encapuchada y esposada que espora tenerlo en sus brazos, el hijo o la hija que concibió mediante el amor. Para los apropiadores es el chico que van a robar. De modo que esa criatura deberá inventar su identidad y su posición como hijo ya que fue esperado como el producto de un secuestro; los adoptivos, en cambio, fueron soñados por los adoptantes, desde el comienzo, como el hijo deseado que será cedido, entregado por quien lo concibiera dado que no podrá hacerse cargo de él.
La apropiación destruye al sujeto deseante que puede ser esa criatura, que padece la tragedia de no saber qué puede desear, porque al desconocer sus orígenes no sabe quién es. Los apropiadores pretendieron secuestrar también su deseo original que se vincula con la identidad histórica de cada sujeto. Intentan apropiarse de lo inapropiable, pero en realidad no se apropian de lo que ellos querrían, porque no es posible apropiarse del deseo de otro; y la criatura a la que educan no es aquella que corresponde al deseo de ellos, ya que ignora que ellos no son su origen.
La paradoja del poder reside en que, cuando ellos creen que mediante la convivencia lograron poseer a una persona a la que llaman hijo/a caracterizado como alguien, en realidad sólo tienen consigo un algo debido a la amputación de su deseo.
Si recordamos que Piera Aulagnier afirma que cada Yo es un Yo capaz do historizar y que no puede prescindir de la ontogénesis biológica, advertiremos que probablemente esos niños intenten investigar no sólo de dónde vinieron sino también precisarán saber si sus padres de origen los abandonaron, lo cual es ajeno a su historia.

Adopciones: ética filial

La falsedad de estas ”adopciones” y la ética de la filiación

Estos niños y estas niñas no forman parte de los hijos adoptivos, ya que los adoptivos por lo general fueron entregados para su adopción o, en algunos casos, abandonados. Ésta no la historia de los hijos de desaparecidos.
Los adoptivos no conocen su origen pero podrían rastrearlo si se lo propusieran (me refiero a quienes fueron adoptados legalmente y cuentan con un expediente donde consta la historia de sus orígenes), pero los hijos de desaparecidos desconocen el sistema y el plan de apropiación del que fueron víctimas al nacer.
Entonces, aislados del saber acerca de su origen, ¿qué podrá suceder con su vida psíquica? ¿Qué ocurrirá con el deseo de aquellos que no saben quiénes son?
Dado que el deseo es irreductible a cualquier forma de semántica o de sintaxis, no podrán hablar de él, ni dar cuenta de él puesto que el deseo responde a quien cada uno sea. Y este ser es el que es o fue negado. Por lo tanto puede esperarse que suceda lo que ocurrió en principio con algunos de estos niños y posteriormente con algún adolescente: al enterarse de su origen no quieren separarse de sus apropiadores. El querer es un acto volitivo que no tiene que ver con el deseo; y si una ética formal, aristotélica, puede argumentar en favor de lo que estos niños y niñas “quieren” después de haber transcurrido años de acostumbramiento y dependencia de sus apropiadores, en cambio, una ética de la filiación derivada de una ética del deseo tiene que desprenderse de lo que se quiere volitivamente, como producto del hábito de la cotidianidad para poder abrir el espacio que les permita crear un deseo según su historia.
Pero el espacio para ese desear que respete el origen de esos niños queda cautivo de ese “querer” conciente y cotidiano impuesto por los apropiadores.

Padres biologicos

¿Sustituir el deseo de los padres de origen?
El primer efecto de este procedimiento introduce la violencia y el delito en la cadena de filiación de esos niños, en tanto ésta se relaciona con la identidad histórica que permite afirmar: “Mi hijo, mis padres y yo constituimos una continuidad evidenciada por la filiación histórica y la unidad de la misma”.
Recordemos que filiación deriva de filein, que en su acepción griega significa amor, amor que se refiere a la unión indisoluble o estructura. Y cuando se habla de ese amor, se convoca al deseo.
Pero cuando los apropiadores hablan de amor hacia ese niño lo hacen pensando que esa criatura estará “mejor” con ellos que con sus familiares, es decir, sin pretenderlo, introducen el pensamiento aristotélico-kantiano que apela al bien desde una pretendida ética formal, ya que ese “mejor” equivale a un bien según su definición del mismo. De este modo pretenden ocupar el lugar que no puede ser ocupado: el lugar del deseo de los padres de origen cuando concibieron al hijo.
Intentan sustituir el deseo original que funda la historia de ese hijo y la pertenencia a su familia por la idea de un bien inventado por ellos, según su definición del mal, que en estas circunstancias estaba representado por los padres de la criatura: en cambio, el proceso al cual ellos adherían (Proceso de Reorganización Nacional 1976-1983) representaba el bien.
Entonces, cuando los apropiadores mencionan su amor por esas criaturas tergiversan el sentido original de la palabra amar según la concepción griega, que no incluía la idea de bien o de mal; sólo se trata de amar.
La estructura del amor estaba en el deseo de quienes concibieron al hijo y esa creación es la puesta en escena bajo el nombre de pasión, acoplada a una ética del deseo que se sostiene en el mantenimiento de la vida, es decir, en función de lo que se crea y no de lo que se apropia.
Los apropiadores carecen de ese deseo que estuvo en el origen, en la concepción de esos niños; por lo tanto apropiarse de una criatura que es la objetivación del deseo de sus padres transgrede las éticas del deseo, las viola, ya que intenta apropiarse del deseo de los padres originales al proponer una falsa filiación que sólo puede sostenerse mediante la desmentida.

Familia adopcion

Este os el territorio de lo siniestro potenciado hasta la exasperación por las fuerzas de seguridad que actuaron desde 197G hasta 1983.
Cuando los apropiadores escuchan la acusación de secuestro de esa niña o de ese niño que acababa de nacer, su contrargumento, metacomunicado ya que no explícito, probablemente se expresara de este modo: “Esa mujer estaba destinada a desaparecer, de modo (pie ella ya no podría disponer de sus vínculos; entonces nosotros nos quedamos con un huérfano potencial. Luego, no fue secuestro” .
La utilización de la lógica paradojal. en estas circunstancias, obliga a anular, omitir y desconocer la existencia do la familia de osa criatura, representada posteriormente por las Abuelas de Liaza de Mayo. Lso argumento paradojal y canalla adquirió vigencia no sólo en los hechos, sino también de acuerdo con lo que el Derecho Romano denomina pater familias, aquel que disponía del derecho de vida y muerte sobre sus hijos y los hijos de sus esclavos. Se trataba del derecha per anima: es suficiente con que alguien con poder quiera poseer una cosa, quererlo de ánima, para apropiársela, desde la perspectiva de la voluntad del amo, concepto que Mogol denominaría “la conciencia inmediata del amo”: el amo no roba, le asiste el derecho de disponer.

FILIACIÓN

FILIACIÓN Y RESTITUCIÓN. UN ENIGMA PARA HIJOS DE DESAPARECIDOS

Este tema admite varios niveles de análisis, pero dos de ellos se caracterizan por su proyección histórica: 1) qué sucedió con las criaturas apropiadas por las fuerzas de seguridad y entregadas a familias pertenecientes al ámbito de esas fuerzas, y 2) las reacciones de la comunidad ante las restituciones de esos niños a sus familias de origen.
Cuando la comunidad expresa compasión hacia esas familias apropiadoras, pensando en el sufrimiento que podría causarles la separación de aquel niño al cual criaron como si fuera un hijo, se identifica con los apropiado-res, es decir, con quienes delinquieron.
Los apropiadores desmienten el origen de la criatura y al hacerlo utilizan un mecanismo que se encuentra frecuentemente en quienes adoptaron legalmente’ a un niño; el texto de la desmentida sería: “No es verdad que esta criatura fue arrancada de los brazos de su madre. ¿No ven que yo soy su madre?”, desmintiendo el origen de esa criatura.
De este modo omiten la escena del parto que se llevó a cabo en la dimensión trágica de que estaba a cargo de la madre de ese niño: saber o imaginar que ese nacimiento implicaba la muerte de ella. Las mujeres cautivas en los campos clandestinos de detención sabían que se las mantenía vivas mientras llevasen dentro do (días al bebé que una vez nacido, anularía su papel como incubadora humana.

Los robos de niños

Al transformar a los hijos de los desaparecidos en “los bebés” se produce una maniobra semántica que intenta distraer acerca de la responsabilidad (pie les cabe a los represores respecto de la desaparición de hombres y mujeres: a los hijos de ellos, roción nacidos en los campos de detención clandestinos, se los menciona como “bebés robados”. Esa es la segunda escena; la primera transcurrió en el secuestro y la tortura de la madre.
Habrá quien se refiera al tema de modo inconciente; otros, no.
Si bien el delito de apropiación de criaturas es de una gravedad que no caduca, tengamos en cuenta que, en otro nivel, no jurídico, la disposición de innumerables ciudadanos tiende a hablar de los bebés, imagen mucho menos inquietante que la de una mujer cuyo parto fue presenciado por quien la torturó durante meses, y en cuyas manos el recién nacido fue transportado hasta una familia integrante de las Fuerzas Armadas, a la que no sabemos si le parecerá mal que la madre de ese recién nacido haya sido arrojada “en vuelo” sobre las aguas del Río de la Plata, escena final para ella.
Pero se abre el telón sobre el nuevo escenario que los protagonistas transitan sin saber que (dios son estos “bebés robados” de los que hoy se habla, lujos que al nacer decretaron, do hecho, la desaparición mortal de su madre.
Esta porción de la historia de los hijos de desaparecidos, que al nacer transformaban en “inútil como reproductora” a su madre, y por lo tanto “autorizaban” simbólicamente a las fuerzas represoras para que dispusieran de ella, constituye un paradigma de perversión.- Sabemos que una vez nacida la criatura, las tuerzas represoras ensayaban con esas madres diferentes técnicas de desaparición.
Por ese motivo, hablar exclusivamente del “robo de bebés” desliza el horror de la historia vivida que protagonizaron los desaparecidos, hacia la región de los cuentos con hadas buenas y malas y con “gitanos que roban chicos”. Lo cual no podría ocurrir si no se contara con la disposición de innumerables ciudadanos que prefieren simplificar y eligen no recordar.