La posición del adoptivo se establece entre parámetros propios: 1) el de su condición de criatura en condiciones de adoptabilidad por razones de abandono o entrega, 2) la imposibilidad de gestar por parte de sus padres, 3) la presencia reguladora de la ley de adopción y 4) la interrelación (configuraciones vinculares) que se establezca entre él y sus adoptantes, es decir, que puedan convivir sin que el niño sea devuelto a los tribunales durante el tiempo de la guarda.
Estos parámetros, que son propiedad exclusiva de la puesta en acto de la adopción, indican la posición del niño o de la niña al ocupar el lugar de hijo o hija.
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Sustituirá al sujeto que debería haber ocupado la posición del hijo biológico, y progresivamente podrá incluirse en su lugar, ya que el lugar forma parte del espacio psíquico creado por cada sujeto desde su historia personal. Ese lugar destinado al hijo es un lugar simbólico, como lo son los lugares de padre y madre; se trata de lugares del orden de lo psíquico que existen más allá de quién sea quien lo ocupe y aunque el padre y la madre de origen no estén presentes.
Para quienes lo adoptan, ese instituirse gradualmente como sujeto en función de hijo constituye la novedad que se diferencia, en su construcción y formalización, del ser hijo de, como producto de un acoplamiento entre los miembros de una pareja; éste es un modelo que se considera paradigma de lo instituido puesto que se afianza como lo dado y lo natural.
El hijo denominado biológico podría considerarse, en tanto le atribuyamos una identidad social, como descendiente de determinada pareja, como lo instituido, puesto que su consanguinidad lo fija formalmente en el ámbito de la pareja que procrea hijos. Su existencia, derivada de la relación heterosexual, forma parte de una categoría construida por los imaginarios sociales, por los imaginarios y los deseos personales junto con las pautas y las normas convencionales organizadas de acuerdo con diversas simbolizaciones.
Pero toman precauciones ante la posibilidad de que la fertilización fracase. Como no están dispuestos a prescindir de hijos, por las dudas, inician trámites para adoptar.
Una primera lectura corresponde a nuestra escucha enturbiada por la naturalización del pasaje que autoriza la sustitución de hijo consanguíneo a hijo adoptivo, pasaje teñido por la imagen del adoptivo sentadito en el banco de los suplentes, por si el titular se lesionara.
La descripción que escuchamos en la consulta es clara: Mientras esperamos que la fertilización resulte bien, por las dudas, nos inscribimos y preparamos la carpeta para adoptar, por si no se produce el embarazo.
La escucha profesional de estos enunciados resulta mucho menos clara que su emisión, y nuestro registro sonoro se ensombrece merced al sentido inequívoco de lo que la pareja expresa: nos consultan quienes apuestan a un hijo del deseo, que sea consanguíneo.
Lo que nuevamente queda a las claras sigue siendo la necesidad imperiosa de seguir pensando, incluyendo las diversas lecturas que las distintas disciplinas pueden aportar.
Recurrir a la historia, por eso, deviene imprescindible, en un proceso de espiral dialéctica, retomando antiguas pero vigentes problemáticas en torno al tema de la adopción, ya abordadas en las jornadas anteriores:
¿qué pasa con el poder y el no poder y la adopción?
¿qué pasa con las éticas y la adopción?
¿qué pasa entonces con los nuevos enigmas en la adopción?
No siempre resulta un trabajo sencillo desimbricar las complejas tramas que se arman y anudan entre estos nuevos y viejos enigmas, en torno a la adopción.
La institución adopción no deja de ser parte de las conflictivas de su época. Queda obviamente sometida y participa de las reglas, leyes y mecanismos que suponen las instituciones en este tiempo. Desde las burocracias, hasta las tecnologizaciones, atravesados por los mecanismos de corrupción (compra venta; tráfico).









