Los abuelos que cuidan a sus nietos

Unos días con la abuela ¡Qué bueno!
Cuando las obligaciones laborales nos impiden dedicarnos a los hijos en su tiempo de vacaciones, hay que buscar alternativas.
Si la economía familiar permite pagar a una persona (de probada confianza) que cuide de ellos en casa mientras trabajamos, perfecto, el problema estará resuelto.
Otra posibilidad son las guarderías; en ellas nuestros hijos pueden relacionarse con otros chicos de su edad, al tiempo que asumen normas básicas de comportamiento (comer sin ayuda, esperar turno para subirse a la hamaca, jugar con sus iguales…). Pero muchas instituciones cierran sus puertas durante las vacaciones de invierno.
Algunos padres resuelven el cuidado de los niños disfrutando el tiempo de descanso por separado, pero esto no es siempre posible y, además, las vacaciones no son lo mismo si no son en familia.
Los padres deben informar a los abuelos de las costumbres del chico y también de la: normas educativas básicas.
¿Qué hacer entonces? Quienes cuentan con padres (o al menos con una madre) que no trabajen fuera de casa y estén dispuestos a ocuparse de sus nietos, ya saben la suerte que tienen. Y más si viven en un lugar diferente que permita a los pequeños disfrutar del consabido cambio de aire. Dejarlos con los abuelos aunque sospechemos que los van a consentir en exceso o eso implique verlos exclusivamente los fines de semana es una idea magnífica.

¿Está familiarizado el chico con ellos?
Hay muchos padres que se inclinan por esta última opción, más práctica y económica que las demás, y los chicos aceptan encantados siempre y cuando ya estén familiarizados con sus abuelos. De no ser así, será más prudente probar antes: dejarlo con ellos durante un fin de semana y observar cómo responde el pequeño y también, claro está, cómo lo pasan nuestros mayores.
Las abuelas adoran a sus nietos y la mayoría están dispuestas a ayudar cuando haga falta. “Tener a Facundo en casa es lo mejor que me puede pasar. Aunque me exige mucha dedicación, en el fondo me rejuvenece y me da vitalidad -explica Clara, una abuela primeriza de 56 años que no trabaja fuera de la casa-. Estoy deseando que me lo dejen unos días para mí sola. Acaba de cumplir año y medio y está para comérselo. Le compré un triciclo, así que lo vamos a pasar muy bien juntos.” “Lo malo es que mis padres están a 90 km de aquí y sólo podremos ver a Facundo los fines de semana -señala la mamá del chiquito-, pero el sacrificio vale la pena porque allí va a estar más tranquilo y mejor atendido.”
A veces, las circunstancias familiares no permiten otra opción, como le sucede a Rosa, madre de Mateo y Valentina, de 13 meses y cinco años respectivamente. “No me queda otro remedio que dejarlos con mis padres, porque tanto el colé como la guardería cierran durante quince días -explica-. Mi mamá los atiende bárbaro, pero los consiente demasiado y, cuando vuelven con nosotros, los primeros días están tan mimados que me dan ganas de mandárselos de vuelta. ¡Quién la ha visto y quién la ve, con lo estricta que fue cuando yo era chica!”.

No es bueno que le consientan todo:
La convivencia entre nietos y abuelos suele resultar muy grata y enriquecedora, ya que éstos disponen de más tiempo que los papas y tienen más ganas de jugar. Pero también puede incidir de forma negativa sobre la educación del chiquito o causar conflictos entre padres y abuelos si no se establecen algunas pautas educativas de antemano.
Casi todos los abuelos se muestran mucho más flexibles y protectores con sus nietos de lo que fueron con sus hijos y restan importancia a las travesuras de los niños: “Pobre-cito, no lo retes, es muy chiquito y no sabe lo que hace. “Déjalo en paz, con algo tiene que jugar, ¿no?”; “Si no le gusta el puré, dale un yogur”…
¿Es que ya no se acuerdan de que con las lentejas de nada valía aquello de las tomas o las dejas?, ¿y de lo fastidiosos que se tornaban cuando jugábamos en el living y revolvíamos todo?…
“Reconozco que a veces | soy demasiado permisiva con mis nietos -confiesa la madre de Rosa-, pero es que me da miedo de que no la pasen bien conmigo y no quieran volver. Total, para unos días que van a estar conmigo… Ya los educan sus padres.”
Esta actitud es errónea y, a la larga, puede perjudicar a los chicos y generar tensiones entre progenitores y abuelos. Querer a un niño no significa consentirle todo, también hay que educarlo y ponerle límites cuando sea preciso.
Para facilitar las cosas, los padres deben explicar las normas que ellos siguen en casa,
y los abuelos deben respetarlas en lo posible o, al menos, no contradecirlas. Aunque se les haga cuesta arriba, tienen que hacer un esfuerzo y retar al niño si hace algo mal.

Claves para suavizar el cambio de entorno.
A esta edad los chicos todavía no diferencian perfectamente los dos mundos educativos y pueden desorientarse cuando cambian de ambiente. Por lo tanto, durante la permanencia en casa de los abuelos hay que intentar que todo siga más o menos igual, procurando alterar el mínimo sus necesidades, costumbres y rutinas (comidas, baño, juegos, sueño).
Para eso es aconsejable:
Que el chico lleve consigo algo de la casa, como su almohadita, sus juguetes favoritos o su cuna si aún no duerme en la cama. A esta edad todavía perciben los objetos familiares como parte de sí mismos.
Ubicarlo en una habitación propia, donde además de descansar pueda jugar y guardar sus cosas. Lo normal es que ya duerma solo en casa, así que nada de colocar la cuna en el cuarto de los abuelos para tenerlo más cerca. Conviene situarla lejos de ventanas, cortinas o elementos por donde el chiquito pueda colgarse o trepar.
Disponer de un espacio amplio en el que se mueva con libertad y seguridad. Un patio, un jardín o al menos un living libre de objetos susceptibles de romperse o hacerle daño.
Explicarle la situación. Ya se da perfecta cuenta de lo que pasa, y se sentirá traicionado y confuso si jugárnosla” la escondida cada vez que nos despedimos o le decimos que volvemos enseguida y después tardamos en volver. No lo engañemos y, aunque llore al decirle chau, hay que despedirse siempre de él.
Los abuelos pueden poner fotos de la familia en su habitación para que sienta que, aunque está de paso, tiene un hogar allí. Y aunque no sea muy amigo de hablar por teléfono, le alegrará escuchar la voz de sus papas todos los días.

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