Sobrealimentación mental
Si las limitaciones al espíritu de investigación de los niños subalimentan su mente, la impaciencia y la ambición la sobrealimentan. El niño se empacha y se niega a colaborar, igual que un niño sobrealimentado físicamente rechaza la comida o vomita. Un padre impaciente regala a su hijo de tres años un complicado mecano. Ahora que ya es «grande» quiere enseñarle a construir grúas y puentes. Quién sabe, quizá incluso puede aprovechar la ocasión para explicarle cómo funciona una palanca. El niño mira un rato, trata de apretar algún tornillo, se equivoca, el padre le corrige… Finalmente, el niño se queda al margen, mirando un libro de láminas. El padre se siente profundamente desilusionado. ¡Ahora que se había tomado el tiempo para jugar con su hijo!
La equivocación estaba menos en el juguete demasiado difícil que en la impaciencia de querer enseñar al niño a construir algo «correctamente». Si le hubiera dejado jugar a su manera, las primeras construcciones habrían sido monstruos fantásticos, sin parecido alguno con un puente o una grúa. Pero hubiera aprendido a apretar tornillos, y en algún momento hubiera construido una mesa u otro objeto sencillo.
Una madre que ha comprado a su hija de cuatro años un juego de letras para enseñarle a leer, se queja: «No sé si la
niña es tonta o qué. Trabajo con ella todos los días, pero no se acuerda ni de una sola palabra». ¿Por qué iba a hacerlo si resulta tan aburrido juntar cada día taquitos hasta formar una fila que. según la madre, significa «p-e-r-r-o» o «c-a-s-i-t-a»? Los niños aprenden mucho mejor de forma espontánea.
Para fregar el suelo de la cocina, mi madre solía sentarme en un aparador que en su parte alta tenía botes con inscripciones como «harina», arroz», «azúcar», etc. Yo le preguntaba qué significaban las letras y levantaba las tapas para ver si efectivamente había harina o azúcar, aprendiendo poco a poco a reconocer las mismas letras también en otras palabras. (Esta no es la forma ideal de enseñar a leer a los niños; lo positivo estribaba en que el interés saliese de la niña y no de la madre).
Por causas familiares empezé el colegio muy tarde; casi ya tenía siete años. Aparentemente había olvidado esas primeras letras, pero después de un mes ya leía libros enteros (incluso prefería los que no tenían ilustraciones, por una parte, porque me restaban lectura, pero sobre todo, porque eran mucho más bellas las princesas de mi fantasía que las dibujadas).
Los niños a los que se les deja conquistar su mundo tranquilamente, aprenden con suma facilidad lo que realmente les interesa. Tenemos que ofrecerles un ambiente rico, es cierto, pero no hace ninguna falta colmarlos de juegos didácticos ni abrumarlos con enseñanzas prematuras y forzadas.
Muchos juguetes y libros infantiles se venden con la indicación «A partir de 4 años» o «Para niños entre 5 y 7 años». Muchas veces me he preguntado quién lo decide, ya que la experiencia me ha enseñando que, si hacemos casos a estas indicaciones, unas veces nos quedamos cortos mientras que otras no llegamos. Algunos niños son precoces en un sentido y atrasados en otro. Con juguetes no demasiado caros podemos ofrecerles varias alternativas, por ejemplo, comprando un puzzle muy simple, otro mediano y un tercero ya bastante complicado. Otro tanto se puede hacer con los libros infantiles. Puede ocurrir que nos llevemos una pequeña sorpresa al constatar que nuestro hijo, teniendo oportunidad de elegir por sí mismo, es más avanzado de lo que indican los fabricantes y editores.
Por otra parte, tampoco importa si alguno de los objetos que le ofrecemos no despierta su interés en este momento. Simplemente lo dejaremos a su alcance hasta que llegue el tiempo adecuado.
Para un niño en edad prcescolar puede ser conveniente que aprenda ciertas habilidades útiles para la vida cotidi-na, por ejemplo llamar por teléfono o manejar cantidades de dinero. También aquí no conviene forzar nada,pero sí estar atentos para aprovechar la ocasión de enseñarle cuando se muestre interesado.
Miércoles, agosto 18th, 2010 | Author: admin
Categoría: desarrollo infancia
Tags: energia mental, higiene mental, mental
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