El aprendizaje

La ya mencionada educadora Elisabeth Dessai cuenta cómo su hijo Anand, de casi cuatro años, aprendió a utilizar el teléfono: «Justo cuando me encontraba en la bañera me acordé de que tenía que llamar a mi marido. “Por favor, ¿puede hacerlo alguien por mí?” Anand acudió entusiasmado: “¡Yo, yo!”. Le expliqué que cada persona tiene determinado número. “¿Cuál es el de papá?” Nombré despacio cada cifra, y a la tercera repetición el niño ya las sabía de memoria. Corrió al teléfono, pero cuando levantó el auricular se dio cuenta de que todavía no sabía leerlas. Después de vestirme le enseñé los números en un calendario y después se los apunté en un papel. A partir de entonces, Anand telefonea todos los días a su padre. En muy poco tiempo aprendió los números de 0 a 9».
El ejemplo muestra de forma ideal cómo se evitan los principales errores. Primero, nadie forzó al niño a aprender los números. Lo hizo por propio interés, porque quería llamar a su padre. Necesitaba conocer los números para poder telefonear. Segundo, nadie le frenó en su intento, diciéndole: «Pero si tú no sabes». Le dejaron descubrir a él solo que para poder telefonear le faltaba un elemento, el poder leer los números en el dial. Por último, el hecho de que la madre se acordase precisamente en la bañera hace suponer que lo tenía un poco premeditado: seguramente quería darle pie para que se interesase por el teléfono. Estos «empujoncitos» me parecen totalmente lícitos, ya que son algo muy distinto a una enseñanza forzada. El niño igualmente podía haber pasado por alto la velada invitación, y lo habría hecho si su desarrollo individual no le hubiese puesto en condiciones de interesarse justo en este momento por el teléfono y, como consecuencia, por los números. Otra madre, teniendo en la cabeza la misma idea de la conveniencia de que su hijo aprendiese a telefonear, quizá le hubiera comprado un juego didáctico para enseñarle los números sistemáticamente. Es casi seguro que no hubiese tenido el mismo éxito, por faltarle al niño una motivación fuerte, salida de sí mismo.
Hay muchas ocasiones para aprovechar el interés del niño. Por ejemplo, cuando le mandamos con una moneda de 25 pesetas a comprar una barra de pan de quince. El niño (cuando ha llegado su momento individual de hacerlo) volverá intrigado: ¿Cómo es posible que por una sola moneda le devuelven dos y encima le dan una barra de pan? Una ocasión propicia para enseñarle cuántos duros «caben» en una moneda de 25 pesetas. Una vez sensibilizados los padres, descubrirán muchas ocasiones más.
Pero que el promotor de todo aprendizaje sea siempre el interés del niño. Por eso hay que tener cuidado con los elogios. Claro que nos alegraremos con cada nuevo logro, igual que se pone contento el niño. Pero los elogios y alabanzas exagerados les pueden hacer cada vez más ávidos de admiración. Algunos niños sólo aprenden para cosechar elogios y. al principio, avanzan realmente rápido en sus conocimientos y habilidades. Pero los adultos no siempre les pueden prestar la atención que están ansiando, además de que no toda la vida seguirán siendo «el rey de la casa». Algún día se relacionan con otros niños; van a la escuela donde ya no serán los únicos «listos». La desilusión puede volverles apáticos o. por el contrario, convertirlos en pequeños payasos que recurren a las tonterías para obtener la atención que ya no reciben por su éxitos reales. El más pequeño logro, conseguido por el niño mismo, es más valioso que los resultados de una instrucción forzada. Además, el desarrollo de la inteligencia no sólo incluye el aprendizaje sino también el madurar. Las horas tranquilas en que el niño aparentemente no hace nada, tarareando una canción o «mirando las musarañas» no están perdidas: está asimilando todo lo que ha aprendido y cogiendo fuerzas para lo nuevo que está aún por venir.

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