Al no poder concebir, el espacio que avalaba el deseo de hijo consanguíneo quedó administrado por los duelos sucesivos. Es esa administración de las frustraciones la que impregna la posibilidad de hacer duelo, la que fragmenta el deseo de hijo y disocia su representación, tal como la produjo la pareja cuando esperaba concebir.
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[...] Se constituye como verificación certera que borra toda duda: su presencia en la posición de hijo garantiza la existencia de las frustraciones y fracasos de la pareja en su intento de concebir. [...]